La señorita Guichard creyó necesario dejar esta esperanza á su cómplice. "Me servirá mejor, pensó, si trabaja para sí mismo al mismo tiempo que para mi."
—¿Y qué instrucciones me das? preguntó Bobart.
—Vigila atentamente á Roussel cuando venga y trata de saber lo que prepara. Pero sé prudente. Yo velaré por mi parte ... Y todo lo que haya de hacerse lo decidiré yo sola ... No llamemos la atención de Mauricio y de Herminia con una conversación demasiado larga ... Volvamos al salón.
El número de los convidados había crecido durante aquellos tempestuosos debates. Los parientes alojados en la casa y en los pabellones se habían puesto de veinticinco alfileres. Los notables del país, invitados á comer, iban llegando. Clementina tuvo que pensar en su atavío. En las angustias de su situación, había olvidado que el tiempo pasaba y que era preciso sacrificarse por el decoro. Pasó rápidamente entre los convidados, á quienes Mauricio y Herminia hacían los honores de la casa, y encontró que ya se había propagado el rumor de la reconciliación. En el ardor de su alegría, los recién casados no habían podido contenerse y habían difundido la buena noticia. Todos los amigos que conocían las antiguas diferencias y los recientes malos tratos, estaban llenos de curiosidad. Una vaga esperanza de alguna sorpresa de efecto germinaba en los espíritus. Aquel cordial acuerdo, tan repentino, ¿era sincero? ¿No se podía presagiar que la armonía, difícilmente restablecida, no duraría mucho tiempo? Las caras sonreían; las palabras aprobaban; pero cada cual, allá, en su interior, hacía las necesarias reservas....
Encontrando el terreno preparado, la señorita Guichard, con la firmeza habitual de su carácter, no evitó las explicaciones. Se multiplicó para dar testimonios de alegría. Sí, una enemistad antigua, había terminado. La boda de aquellos queridos hijos había sido la ocasión de perdonar las injurias. El señor Roussel había llegado con los brazos abiertos pidiendo que todo se olvidase y ella no había creído que debía negarse á la indulgencia. Tal conducta no hubiera sido propia de una mujer ni de una cristiana. Perdonaba, pues, y todos iban á vivir en adelante en la más perfecta concordia. El señor Roussel había ido á su casa para vestirse y volvería para comer con la familia y los amigos de la señorita Guichard.
Algunos de los presentes no conocían á Fortunato; otros le conocían sólo de vista. Muchos le consideraban como un hombre muy importante por su fortuna y por su posición social. Todos tenían gran deseo de verle de cerca y de presenciar aquella comedia de la cesación de una hostilidad inveterada.
El doctor Truchelet aventuró una alusión sabia á las bodas de Pirito, ensangrentadas por el combate de los Centauros y de Lapites, y felicitó á la señorita Guichard por no haber renovado las luchas de las Amazonas contra Hércules y Teseo. Acaso la comparación con Hércules hubiese agradado á Roussel, pero el ser asimilada con las Amazonas extrañó singularmente á Clementina, quien por vez primera empezó á sospechar que un académico podía muy bien ser un imbécil, y deploró que esta desagradable excepción recayese precisamente en su familia.
Desapareció para ir á ponerse un traje muy historiado. Pero jamás era pesada en su atavío y al dar las seis, volvía á entrar en el salón. Era tiempo, porque á la sazón llegaba Roussel. Éste no se había puesto de negro; se presentó con un pantalón gris, chaleco blanco y frac azul, con botones de oro. Estaba en realidad muy elegante de este modo y produjo una favorable impresión en la parte femenina de la concurrencia. Los hombres intentaron criticarle, pero fracasaron ante la admiración de sus compañeras. La señorita Guichard se puso amarilla de despecho. Puso, sin embargo, á mal tiempo buena cara, y adelantándose hacia su primo, le presentó á los convidados.
Roussel se sometió con gracia á sufrir este mal paso y se mostró sencillo y cordial, con un cierto matiz de altanería que á Clementina le pareció que contrapesaba desagradablemente la ventaja que ella había obtenido públicamente de la sumisión de aquel rebelde. Creyó que se levantaba un poco deprisa y vió en esta actitud un indicio del doblez con que, á su juicio, se había conducido.
Si hubiera podido penetrar en la mente del buen señor, hubiera quedado asombrada, pues no hubiese hallado ninguno de los pensamientos amenazadores que le atribuía. Roussel no pensaba sino en regocijarse, en gozar de la hora presente y en tratar de que se arreglase el porvenir de un modo soportable. La astucia que Clementina le imputaba como un crimen, era supuesta, ilusoria y quimérica. La mala fe de Fortunato no existía más que en la imaginación de Clementina. Herminia y Mauricio eran todo expansión y todo sonrisas. Se encontraban dichosos entre aquellos dos enemigos reconciliados por ellos y á quienes amaban tan sinceramente.