El primer movimiento de Mauricio, como Clementina había previsto con toda exactitud, fué cerrar el cofrecillo, volver al salón de baile, llevarse á Héctor á un rincón solitario y allí aplicar sobre su nutrida cara un buen par de bofetadas. Pero resistió esta tentación y juzgó más razonable hacer á su tutor árbitro de la situación. Se metió las cartas en el bolsillo, cerró la caja y salió de la habitación. Á veinte pasos de él, Roussel hecho como siempre un héroe de madrigal, completaba la conquista de las mujeres, jóvenes y viejas, cuya seducción se había propuesto hacer. En su alegría, hubiera seguido la misma conducta hasta con Clementina. Su sorpresa fué, pues, desagradable, cuando sintió que le tocaban en el hombro y vió á su lado la fisonomía alterada de Mauricio. Más por muy amortiguadas por la alegría que estuviesen sus desconfianzas, tuvo enseguida el presentimiento de que alguna cosa anormal había ocurrido y apartándose con su hijo algunos pasos, preguntó:

—¿Qué hay?

—Venga usted conmigo y lo sabrá.

Atravesaron la multitud, entraron en el saloncillo y, una vez solos, dijo Mauricio, entregándole una carta:

—¡Lea usted!

—Roussel recorrió vivamente la carta, frunció las cejas y volviendo á tomar toda su gravedad, dijo:

—¿Dónde has encontrado esto?

—En ese cofrecillo.

—¿Y quién te le ha entregado?

—La señorita Guichard; hace un instante.