—Sí.
—¿De qué modo estaban colocadas las cartas, encima, muy á la vista?
—¿Cómo lo sabe usted?
—¡Desdichado! ¿Es difícil de adivinar? Es esa malvada Clementina la que ha dado el golpe.
—¡Padrino!
—Es capaz hasta de haber falsificado las cartas.
—Pero, ¿con qué objeto?
—Con el de producir un disturbio entre tu mujer y tú. Por medio de una querella, de una riña, de una explicación, cuenta con arrojar la cizaña entre vosotros, apoderarse de Herminia y ... ¿quién sabe? ¡acaso separaros para siempre!
—¿Es serio lo que usted habla? ¿Sospecha usted de la señorita Guichard?