—Y tú, ¿sospechas de tu mujer? replicó con energía Roussel. Tienes que escoger: ó Herminia es una farsante que tiene por cómplice al ejército francés representado por el hijo de Bobart, ó Clementina es una bribona que ha aprovechado una casualidad, si es que ella misma no la ha provocado, para ponerte ante los ojos una correspondencia que debía impulsarte á algún acto violento. Por mi parte, mi elección está hecha; acuso á Clementina.
—¿Pero Herminia ... padrino mío?...
—¡Herminia! Es posible que ni siquiera conozca esas cartas ... En todo caso es preciso tener el valor de preguntárselo.
Á esta declaración Mauricio palideció.
—¡Qué! ¿Ponerla al corriente de esta infamia? ¿Interrogarla sobre tal asunto?
—Sí, ponerla al corriente; no interrogarla: consultarla lealmente como persona leal que es. Y verás como, si está inocente de todo compromiso, y esto me atrevo á jurarlo, aprecia tu franqueza y tu confianza.
—Sea, pues. Así como así, no puedo soportar por más tiempo una sospecha semejante. Hágame usted el favor de enviármela.
—¿De enviártela? No, por cierto: yo te la traeré. Quiero asistir, si me lo permites, á vuestra conversación, aunque no sea más que para impedir que digas tonterías....
—¡Padrino!
—Pues qué, ¿no habías empezado á decirlas hace un momento?