—Sí, tiene usted razón. Permanezca usted y sea mi consejero y mi apoyo, como siempre.
—Puedes estar tranquilo. Seré aún más moderado por tu cuenta que lo he sido por la mía. Espéranos aquí.
Y salió. Mauricio quedó solo, sumergido en dolorosas reflexiones. Veía sombrío el porvenir; pensó por primera vez que acaso su tutor no había exagerado las malas acciones de que le había hecho víctima Clementina, y no estuvo lejos de creer que la tía de Herminia fuese un monstruo. Estimó, en todo caso, que la perfidia con que acababa de obrar le dispensaba de toda gratitud y le devolvía su libertad de acción, y se propuso, no devolverla mal por mal, pero al menos impedirla que siguiese haciéndole daño.
Sin embargo, por muy culpable que apareciese la señorita Guichard, había un hecho que no se la podía atribuir y era la correspondencia misma, punto de partida del incidente. Pensara Roussel lo que quisiera, las cartas procedían efectivamente del hijo de Bobart; había, pues, existido un amorcillo entre Herminia y él, y este solo pensamiento le exasperaba. Y, no obstante, no podía imaginar siquiera a la Virgen del Bordado cambiando amores tiernos con aquel húsar. Esto no estaba dentro del orden de las cosas admisibles, ni en armonía con su naturaleza delicada ni con el tono de sus cándidos ojos. Había evidentemente una pérfida maniobra en todo aquello ... ¡Pero ella había recibido las cartas!
No tuvo tiempo de llevar más lejos sus inducciones, porque Herminia entraba con Roussel. El joven no tuvo tiempo de abrir la boca para formular una pregunta; su tutor exclamó, apenas hubo cerrado la puerta:
—¡Todo está aclarado! Ni siquiera ha leído las cartas, la pobre niña; se las entregó cerradas á su tía.
¡Cerradas! Mauricio tuvo tal acceso de alegría, que saltó al cuello de Fortunato, pero éste dijo sonriendo y defendiéndose mal del apretón:
—¡No es á mi á quien debes abrazar, majadero!
Y les impulsó el uno hacia el otro.
Por primera vez Mauricio, cogiendo á Herminia en los brazos, la estrechó contra su corazón y desfloró con sus labios aquella rubia cabellera.