—¿Y no es, acaso por serlo por lo que tanto deseas que nos casemos?

Aquí se detuvieron, espantados del cambio de sus fisonomías: Fortunato, rojo como un gallo, estaba á dos dedos de la apoplejía y Clementina, devorada por la bilis, parecía amenazada de ictericia. Se encontraron mal y después de algunas palabras insignificantes, necesarias para atenuar la amargura de sus réplicas, se separaron muy descontentos y á mil leguas de una inteligencia. Roussel se fué á pie para calmar la efervescencia de su sangre y dando al diablo á su tío Guichard y á sus fantasías testamentarias.

—¡Bonita idea la de quererme casar con esta soltera rabiosa! ¿Creería que por ochenta mil francos de renta iba á arriesgar la dicha de toda mi vida? Pardiez, no necesito su dinero ...¡Que lo guarde ella, puesto que el matrimonio es la condición sine qua non de la herencia! Yo seré siempre bastante rico, con tal de estar libre y tranquilo ... ¡Si fuese marido de Clementina, gastaría todo el dinero del tío Guichard en consolarme de vivir á su lado ...¡Mal negocio!

Una vez en su casa, durmió mal; tuvo pesadillas espantosas y se despertó decidido á permanecer soltero. Clementina, después de haber pasado una parte de la noche rabiando y llorando, acabó por calmarse y se levantó con el propósito decidido de ceder en todos los puntos para no alejar á Fortunato, sin perjuicio de reconquistar, una vez realizado el matrimonio, todas las posiciones abandonadas. Se sentó á su mesa y escribió á su primo la más amable de las esquelas invitándole á venir á pasar la tarde con ella. Apenas había salido la doncella para llevarla, llegó una carta de Roussel anunciando á Clementina que un negocio imprevisto le obligaba á ausentarse por algunos días. La señorita Guichard exhaló un suspiro, se propuso hacer pagar después á Fortunato las humillaciones que la dedicaba, y no pudiendo hacer cosa mejor que esperar, esperó.

Al cabo de quince días, como no recibiese noticias de su prometido ni oyese hablar de él, perdió la paciencia y se decidió á informarse. Interrogada la portera de la casa, respondió que el señor Roussel estaba en París, del que no se había movido, y que acababa de entrar en su casa. Á Clementina se le subió la sangre á la cabeza; se vió burlada, desdeñada; el temor y la cólera la sublevaban al mismo tiempo. Prorrumpió en una exclamación que asustó á la portera y enseguida, tomando su partido en un segundo, se lanzó á la escalera, subió los dos pisos, llamó con violencia, y sin preguntar nada al criado, que la conoció y estaba estupefacto, entró como una avalancha en el gabinete de su primo.

Fortunato, sentado en una gran butaca y con una excelente pipa en la boca, leía tranquilamente su correo de la tarde, cuando la puerta, al abrirse bruscamente, le hizo levantar la vista. Se levantó rápidamente al reconocer á Clementina, colocó la pipa sobre la chimenea, metió las cartas en el bolsillo y con voz un poco temblorosa, porque tenía la sospecha de haberse conducido sin galantería, dijo:

—¡Calla! querida prima, ¿eres tú?

Después de esta vulgaridad, permaneció cortado, mirando con embarazo á Clementina, que estaba pálida, verdosa, sofocada, con los ojos dorados por la hiel. Por fin pudo recobrar la respiración y temblando de cólera, dijo:

¿Con que me ha engañado usted, diciéndome que se ausentaba? Yo le creía de viaje y está usted en París....

—He vuelto antes de lo que pensaba, balbuceó Fortunato.