—Porque yo soy un hombre de negocios.
—Déjalos.
—Dios mío, ¿y en qué pasaré mi tiempo?
—En ocuparte de mí.
Á estas palabras siguió un largo silencio, como si Roussel hubiera estado midiendo todo el fastidio de semejante proposición y la señorita Guichard calculando toda su inverosimilitud. Por fin, Clementina reanudó la primera la conversación y dijo:
—¿Por tan fútil motivo vas á causarme una pena seria?
—Mi motivo no es más fútil que tu deseo.
—¿Tan testarudo eres?
—¿Y tú tan vanidosa?
—¡Tan desgraciado serías por haberme hecho baronesa!