—Tengo en París todo lo necesario.
—Es probable que tu sobrina vaya á quitarse su vestido blanco.
—Dejémosla libre en sus movimientos. Pero tú, dedícate á Mauricio y no le pierdas de vista.
—Convenido.
Mientras se urdía este doble complot la fiesta llegaba á su apogeo y era fácil prever que el baile duraría hasta por la mañana. En la plaza del pueblo se había instalado una música al aire libre y las gentes del país saltaban sobre el césped á la luz de unos faroles á la veneciana colocados por el tendero. La señorita Guichard había enviado algunos toneles de vino para que refrescasen los bailarines, y estos diversos atractivos hacían que se agrupase delante de la verja una gran multitud.
En la callejuela sombría esperaba la carretela. El cochero, fiel á su promesa, no la había abandonado, pero se había hecho llevar una botella de vino y bebía á la salud de los novios. Las once acababan de dar en el campanario del pueblo. El momento de la partida se aproximaba. El cochero quitó la manta á los caballos, les puso las riendas y enseguida montó en el pescante, un poco aturdido por la oscuridad y por el vino. Empezaba á quedarse dormido, cuando se abrió la puertecilla y una señora muy tapada y que hablaba con alguien que se quedaba en el jardín, abrió vivamente la portezuela del coche y montó.
En el mismo momento, otra mujer de alta estatura y maneras desenvueltas, se adelantó hacia el coche y dijo dirigiéndose al cochero:
—¡Volando! ¡Á París.
El cochero, asombrado, dijo:
—Pero mis viajeros debían ser un caballero y una señora....