Hija natural de un pariente lejano de la esposa de don Carlos, perdió a su madre al nacer, y había vivido con su padre, hombre libertino que la abandonó enteramente al orgullo y dureza de una madrastra que la aborrecía. Así fué desde su nacimiento oprimida con el peso de la desventura, y cuando por muerte de su padre fué recogida por la señora de B.... y su esposo, ni el cariño que halló en esta feliz pareja, ni la tierna amistad que la dispensó Carlota fueron ya suficientes a despojar a su carácter de la rigidez y austeridad que en la desgracia había adquirido. Su altivez natural, constantemente herida por su nacimiento y escasa fortuna que la constituía en una eterna dependencia, habían agriado insensiblemente su alma, y a fuerza de ejercitar su sensibilidad parecía haberla agotado. Ocho años hacía, en la época en que comienza nuestra historia, que se hallaba Teresa bajo la protección del señor de B...., único pariente en quien había encontrado afecto y compasión, y aunque fuese este tiempo el que pudiera señalar por el más dichoso de su vida, no había estado exento para ella de grandes mortificaciones. El destino parecía haberla colocado junto a Carlota para hacerla conocer por medio de un triste cotejo, toda la inferioridad y desgracia de su posición. Al lado de una joven bella, rica, feliz, que gozaba el cariño de unos padres idólatras, que era el orgullo de toda una familia, y que se veía sin cesar rodeada de obsequios y alabanzas, Teresa, humillada y devorando en silencio su mortificación, había aprendido a disimular, haciéndose cada vez más fría y reservada. Al verla siempre seria e impasible se podía creer que su alma imprimía sobre su rostro aquella helada tranquilidad, que a veces se asemeja a la estupidez; y sin embargo, aquella alma no era incapaz de grandes pasiones, mejor diré, era formada para sentirlas. Pero ¿cuáles son los ojos bastante perspicaces para leer en un alma, cubierta con la dura corteza que forman las largas desventuras? En un rostro frío y severo muchas veces descubrimos la señal de la insensibilidad, y casi nunca adivinamos que es la máscara que cubre el infortunio.

Carlota amaba a Teresa como a una hermana, y, acostumbrada ya a la sequedad y reserva de su carácter, no se ofendió nunca de no ver correspondida dignamente su afectuosa amistad. Viva, ingenua e impresionable, apenas podía comprender aquel carácter triste y profundo de Teresa, su energía en el sufrimiento y su constancia en la apatía. Carlota, aunque dotada de maravilloso talento, había concluído por creer, como todos, que su amiga era uno de aquellos seres buenos y pacíficos, fríos y apáticos, incapaces de crímenes como de grandes virtudes, y a los cuales no debe pedírseles más de aquello que dan, porque es acaso el tesoro de su corazón.

Inmóvil Teresa enfrente de su amiga, estremecióse de repente con un movimiento convulsivo.—Oigo,—dijo,—el galope de un caballo: sin duda es tu Enrique.

Levantó su linda cabeza Carlota de B.... y un leve matiz de rosa se extendió por sus mejillas.—En efecto,—dijo,—oigo galopar; pero Enrique no debe llegar hasta mañana: mañana fué el día señalado para su vuelta de Guanaja. Sin embargo, puede haber querido anticiparlo.... ¡Ah, sí, él es!.... ya oigo su voz que saluda a papá. Teresa, tienes razón,—añadió echando su brazo izquierdo, al cuello de su prima mientras enjugaba con la otra la última lágrima que se deslizaba por su mejilla;—tienes razón en decirlo.... ¡soy muy dichosa!

Teresa, que se había puesto en pie y miraba atentamente por la ventana, volvió a sentarse con lentitud; su rostro recobró su helada y casi estúpida inmovilidad, y pronunció entre dientes:—¡Sí, eres muy dichosa!

No lloraba ya Carlota; los penetrantes recuerdos de una madre querida se desvanecieron a la presencia de un amante adorado. Junto a Enrique nada ve más que a él. El universo entero es para ella aquel reducido espacio donde mira a su amante; porque ama Carlota con todas las ilusiones de un primer amor, con la confianza y abandono de la primera juventud y con la vehemencia de un corazón formado bajo el cielo de los Trópicos.

Tres meses habían corrido desde que se trató su casamiento con Enrique Otway, y en ellos diariamente habían sido pronunciados los juramentos de un eterno cariño: juramentos que eran para su corazón tierno y virginal tan santos e inviolables como si hubiesen sido consagrados por las más augustas ceremonias. Ninguna duda, ningún asomo de desconfianza había emponzoñado un afecto tan puro, porque cuando amamos por primera vez hacemos un Dios del objeto que nos cautiva. La imaginación le prodiga ideales perfecciones, el corazón se entrega sin temor y no sospechamos ni remotamente que el ídolo que adoramos puede convertirse en el sér real y positivo que la experiencia y el desengaño nos presentan, con harta prontitud, desnudo del brillante ropaje de nuestras ilusiones.

Aun no había llegado para la sensible isleña esta época dolorosa de una primera desilusión: aun veía a su amante por el encantado prisma de la inocencia y del amor, y todo en él era bello, grande y sublime.

¿Merecía Enrique Otway una pasión tan hermosa? ¿Participaba de aquel divino entusiasmo que hace soñar un cielo en la tierra? ¿Comprendía su alma a aquella alma apasionada de la que era señor?... Lo ignoramos; los acontecimientos nos lo dirán en breve y fijarán en este punto la opinión de nuestros lectores. No queriendo anticiparles nada, nos limitaremos por ahora a darles algún conocimiento de las personas que figuran en esta historia, y de los acontecimientos que precedieron a la época en que comenzamos a referirla.

CAPITULO III