Era a fines de febrero cuando se hizo este convenio, y desde entonces hasta principios de junio en que comienza nuestra narración, los dos amantes habían tenido para verse y hablarse toda la lícita libertad que podían desear. Pero la fortuna, burlándose de los cálculos del codicioso inglés, había trastornado en este corto tiempo todas sus esperanzas y especulaciones. La familia del señor de B... altamente ofendida con la resolución de éste, y no haciendo misterio del desprecio con que miraba al futuro esposo de Carlota, había roto públicamente toda relación amistosa con don Carlos, y su hermano don Agustín hizo un testamento a favor de los hijos de otro hermano para quitar a Carlota toda esperanza de su sucesión. Mas esto era poco: otro golpe más sensible se siguió a éste y acabó de desesperar a Jorge. Contra todas las probabilidades y esperanzas fallóse el pleito, por fin, en contra de don Carlos. El testamento que constituía heredera a su esposa fué anulado justa o injustamente, y el desgraciado caballero hubo de entregar al nuevo poseedor las grandes fincas que mirara como suyas hacía seis años. No faltaron personas que, juzgando parcial e injusta esta sentencia, invitasen al agraviado a apelar al Tribunal Supremo de la nación; mas el carácter de don Carlos no era a propósito para ello, y sometiéndose a su suerte, casi pareció indiferente a una desgracia que le despojaba de una parte considerable de sus bienes. Un estoicismo de esta clase, tan noble desprendimiento de las riquezas debían merecerle al parecer generales elogios, mas no fué así. Su indiferencia se creyó más bien efecto de egoísmo que de desinterés.
—Es bastante rico aún,—decían en el pueblo,—para poder gozar mientras viva de todas las comodidades imaginables, y no le importa nada una pérdida que sólo perjudicará a sus hijos.
Engañábanse empero los que juzgaban de este modo a don Carlos. Ciertamente, la pereza de su carácter y el desaliento que en él producía cualquier golpe inesperado, influían no poco en la aparente fortaleza con que se sometía desde luego a la desgracia, sin hacer un enérgico esfuerzo para contrarrestarla, pero amaba a sus hijos y había amado a su esposa con todo el calor y la ternura de una alma sensible aunque apática. Hubiera dado su vida por cada uno de aquellos objetos queridos, pero por la utilidad de estos mismos no hubiera podido imponerse el deber de una vida activa y agitada: oponíanse a ella su temperamento, su carácter y sus hábitos invencibles. Desprendiéndose con resignación y filosofía de un caudal, con el cual contaba para asegurar a sus hijos una fortuna brillante, no fué sin embargo insensible a este golpe. No se quejó a nadie, acaso por pereza, acaso por cierto orgullo compatible con la más perfecta bondad; pero el golpe hirió de lleno su corazón paternal. Alegróse entonces interiormente de tener asegurada la suerte de Carlota, y no vió en Enrique al hijo del buhonero, sino al único heredero de una casa fuerte del país.
Todo lo contrario sucedió a Jorge. Carlota, privada de la herencia de su tío y de los bienes de su madre que la pérdida del pleito le había quitado, Carlota con cinco hermanos que debían partir con ella el desmenbrado caudal que pudiera heredar de su padre (joven todavía y prometiendo una larga vida), no era ya la mujer que deseaba Jorge para su hijo. El codicioso inglés hubiera muerto de dolor y rabia si las desgracias de la casa de B... hubieran sido posteriores al casamiento de Enrique, mas por fortuna suya aun no se había verificado, y Jorge estaba resuelto a que no se verificara jamás. Demasiado bajo para tener vergüenza de su conducta, acaso hubiera roto inmediatamente, sin ningún pudor ni cortesía, un compromiso que ya detestaba, si su hijo a fuerza de dulzura y de paciencia no hubiese logrado hacerle adoptar un sistema más racional y menos grosero.
Lo que pasó en el alma de Enrique cuando vió destruídas en un momento las brillantes esperanzas de fortuna que fundaba en su novia, fué un secreto para todos, pues aunque fuese el joven tan codicioso como su padre, era por lo menos mucho más disimulado. Su conducta no varió en lo más mínimo, ni se advirtió la más leve frialdad en sus amores. El público, si bien persuadido de que sólo la conveniencia le había impulsado a solicitar la mano de Carlota, creyó entonces que un sentimiento más noble y generoso le decidía a no renunciarla. Carlota era acaso la única persona que ni agradecía ni notaba el aparente desinterés de su amante. No sospechando que al solicitar su mano tuviese un motivo ajeno del amor, apenas pensaba en la mudanza desventajosa de su propia fortuna, ni podía admirarse de que no influyese en la conducta de Enrique. ¡Ay de mí! solamente la fría y aterrada experiencia enseña a conocer a las almas nobles y generosas el mérito de las virtudes que ellas mismas poseen... ¡Feliz aquel que muere sin haberlo conocido!
CAPITULO IV
No hay mal para el amor correspondido,
no hay bien que no sea mal para el ausente.
Lista.
A la conclusión de una larga calle de naranjos y tamarindos, sentados muellemente en un tronco de palma estaban Carlota y su amante la tarde siguiente a aquella en que llegó éste a Bellavista, y se entretenían en una conversación al parecer muy viva.
—Te repito,—decía el joven,—que negocios indispensables de mi comercio me precisan a dejarte tan pronto, bien a pesar mío.
—¿Conque veinticuatro horas solamente has querido permanecer en Bellavista?—contestó la doncella con cierto aire de impaciencia.—Yo esperaba que fuesen más largas tus visitas: de otro modo no hubiera consentido en venir. Pero no te marcharás hoy, eso no puede ser. Cuatro días más, dos por lo menos.