—Es imposible continuar,—le dice,—absolutamente imposible.
—No lejos de aquí,—responde tranquilamente el esclavo,—está la estancia de un conocido mío.
—Vamos a ella al momento,—dijo Enrique que conocía la imposibilidad de tomar otro partido.
Pero apenas había pronunciado estas palabras una nube se rasgó sobre su cabeza: el árbol bajo el cual se hallaba cayó abrasado por el rayo, y su caballo lanzándose por entre los árboles, que el viento secudía y desgajaba, rompió el freno con que el aturdido jinete se esforzaba en vano en contenerle. Chocando su cabeza contra las ramas y vigorosamente secudido por el espantado animal, Enrique perdió la silla y fué a caer ensangrentado y sin sentido en lo más espeso del bosque.
Un gemido doliente y largo designó al mulato el paraje en que había caído, y bajándose de su caballo se adelantó presuroso y con admirable tino, a pesar de la profunda oscuridad. Encontró al pobre Otway pálido, sin sentido, magullado el rostro y cubierto de sangre, y quedóse de pie delante de él, inmóvil y como petrificado. Sin embargo, sombrío y siniestro, como los fuegos de la tempestad, era el brillo que despedían en aquel momento sus pupilas de azabache, y sin el ruido de los vientos y de los truenos hubiéranse oído los latidos de su corazón.
—¡Aquí está!—exclamó por fin con horrible sonrisa.—¡Aquí está!—repitió con acento sordo y profundo, que armonizaba de un modo horrendo con los bramidos del huracán.—¡Sin sentido! ¡Moribundo!... mañana llorarían a Enrique Otway muerto de una caída, víctima de su imprudencia..., nadie podría decir si esta cabeza había sido despedazada por el golpe o si una mano enemiga había terminado la obra. Nadie adivinaría si el decreto del cielo había sido auxiliado por la mano de un mortal..., la oscuridad es profunda y estamos solos..., solos él y yo en medio de la noche y de la tempestad!... Helo aquí a mis pies, sin voz, sin conocimiento, a este hombre aborrecido. Una voluntad le reduciría a la nada, y esa voluntad es la mía...; la mía ¡pobre esclavo de quien él no sospecha que tenga un alma superior a la suya... capaz de amar, capaz de aborrecer..., un alma que supiera ser grande y virtuosa y que ahora puede ser criminal! ¡He aquí tendido a ese hombre que no debe levantarse más!
Crujieron sus dientes y con brazo vigoroso levantó en el aire, como a una ligera paja, el cuerpo esbelto y delicado del joven inglés.
Pero una súbita e incomprensible mudanza se verifica en aquel momento en su alma, pues se queda inmóvil y sin respiración cual si lo subyugase el poder de algún misterioso conjuro. Sin duda un genio invisible, protector de Enrique, acaba de murmurar en sus oídos las últimas palabras de Carlota:
—Sab, yo te recomiendo mi Enrique.
—¡Su Enrique!—exclamó con triste y sardónica sonrisa:—¡El! ¡Este hombre sin corazón! ¡Y ella llorará su muerte! ¡Y él se llevará al sepulcro sus amores y sus ilusiones!... Porque muriendo él, no conocerá nunca Carlota cuán indigno era de su amor entusiasta, de su amor de mujer y de virgen... muriendo vivirá por más tiempo en su memoria, porque le animará el alma de Carlota, aquella alma que el miserable no podrá comprender jamás. Pero ¿debo yo dejarle la vida? ¿Le permitiré que profane a ese ángel de inocencia y de amor? ¿Le arrancaré de los brazos de la muerte para ponerle en los suyos?