Los dos viajeros atravesaron juntos por segunda vez aquellos campos; pero en lugar de una noche tempestuosa molestábales entonces el calor de un hermoso día. Enrique, para distraerse del fastidio del camino en hora tan molesta, dirigía a su compañero preguntas insidiosas sobre el estado actual de las posesiones de don Carlos, a las que respondía Sab con muestra de sencillez e ingenuidad. Sin embargo, a veces le fijaba miradas tan penetrantes, que el joven extranjero bajaba las suyas como temeroso de que leyese en ellas el motivo de sus preguntas.
—La fortuna de mi amo,—díjole una vez,—está bastante decaída y sin duda es una felicidad para él casar a su hija mayor con un sujeto rico, que no repare en la dote que puede llevar la señorita.
Sab no miraba a Otway al decir estas palabras y no pudo notar el encarnado que tiñó sus mejillas al oirlas; tardó un momento en responder y dijo al fin con voz mal segura:
—Carlota tiene una dote más rica y apreciable en sus gracias y virtudes.
Sab le miró entonces fijamente; parecía preguntarle con su mirada si él sabría apreciar aquella dote. Enrique no pudo sostener su muda interpelación y desvió el rostro con algún enfado. El mulato murmuró entre dientes:
—¡No, no eres capaz de ello!
—¿Qué hablas, Sab?—preguntó Enrique, que si bien no había podido entender distintamente sus palabras, oyó el murmullo de su voz.—¿Estás por ventura rezando?
—Pensaba, señor, que este sitio en que ahora nos hallamos es el mismo en que vi a su merced sin sentido, en medio de los horrores de la tempestad. Hacia la derecha está la cabaña a la que os conduje sobre mis espaldas.
—Sí, Sab, y no necesito ver estos sitios para acordarme que te debo la vida. Carlota te ha concedido ya la libertad, pero eso no basta y Enrique premiará con mayor generosidad el servicio que le has hecho.
—Ninguna recompensa merezco,—respondió con voz alterada el mulato,—la señorita me había recomendado vuestra persona y era un deber mío obedecerla.