El campesino estaba ya a tres pasos del extranjero, y viéndole en actitud de aguardarle detúvose frente a él y ambos se miraron un momento antes de hablar. Acaso la notable hermosura del extranjero causó cierta suspensión al campesino, el cual por su parte atrajo indudablemente las miradas de aquél.
Era el recién llegado un joven de alta estatura y regulares proporciones, pero de una fisonomía particular. No parecía un criollo blanco, tampoco era negro ni podía creérsele descendiente de los primeros habitadores de las Antillas. Su rostro presentaba un compuesto singular en que se descubría el cruzamiento de dos razas diversas, y en que se amalgamaban, por decirlo así, los rasgos de la casta africana con los de la europea, sin ser no obstante un mulato perfecto.
Era su color de un blanco amarillento con cierto fondo oscuro; su ancha frente se veía medio cubierta con mechones desiguales de un pelo negro y lustroso como las alas del cuervo; su nariz era aguileña pero sus labios gruesos y amoratados denotaban su procedencia africana. Tenía la barba un poco prominente y triangular, los ojos negros, grandes, rasgados, bajo cejas horizontales, brillando en ellos el fuego de la primera juventud, no obstante que surcaban su rostro algunas ligeras arrugas. El conjunto de estos rasgos formaba una fisonomía característica; una de aquellas fisonomías que fijan las miradas a primera vista y que jamás se olvidan cuando se han visto una vez.
El traje de este hombre no se separaba en nada del que usan generalmente los labriegos en toda la provincia de Puerto Príncipe, que se reduce a un pantalón de cotín de anchas rayas azules, y una camisa de hilo, también listada, ceñida a la cintura por una correa de la que pende ancho machete, y cubierta la cabeza con un sombrero de yarey bastante alicaído:[2] traje demasiado ligero, pero cómodo y casi necesario en un clima abrasador.
El extranjero rompió el silencio y hablando en castellano, con una pureza y facilidad que parecían desmentir su fisonomía septentrional, dijo al labriego:—Buen amigo, ¿tendrá usted la bondad de decirme si la casa que desde aquí se divisa es la del ingenio[3] de Bellavista, perteneciente a don Carlos de B...?
El campesino hizo una reverencia y contestó:—Sí, señor, todas las tierras que se ven allá abajo, pertenecen al señor don Carlos.
—Sin duda es usted vecino de ese caballero y podrá decirme si ha llegado ya a su ingenio con su familia.
—Desde esta mañana están aquí los dueños, y puedo servir a usted de guía si quiere visitarlos.—El extranjero manifestó con un movimiento de cabeza que aceptaba el ofrecimiento, y sin aguardar otra respuesta, el labriego se volvió en ademán de querer conducirle a la casa, ya vecina. Pero tal vez no deseaba llegar tan pronto el extranjero, pues haciendo andar muy despacio a su caballo volvió a entablar con su guía la conversación, mientras examinaba con miradas curiosas el sitio en que se encontraba.—¿Dice usted que pertenecen al señor de B... todas estas tierras?
—Sí, señor.
—Parecen muy feraces.