—Adiós, Sab....,—dijo luego,—paréceme que los esclavos están ya levantados y que se aproximan a los cañaverales; adiós, no dudes nunca que tienes en Teresa una amiga, una hermana.

Ella aguardó en vano algunos minutos una contestación del mulato. Apoyada la frente sobre una peña, inmóvil y silencioso, parecía sumido en profunda y tétrica meditación. Luego de repente brillaron sus ojos con la expresión que revela una determinación violenta y decidida, y alzóse del suelo, grande, resignado, heroico.

Los negros se acercaban; Sab sólo tuvo tiempo de decir en voz baja algunas palabras a Teresa, palabras que debieron sorprenderla, pues exclamó al momento:

—¡Es posible!... ¿Y tú?

—¡Moriré!—contestó él haciéndole con la mano un ademán para que se alejase. En efecto, Teresa se ocultó entre los cañaverales al mismo tiempo que los esclavos llegaban al trabajo. Uno solamente, más perezoso que los otros, o sintiéndose con sed, dejó su azada y se adelantó hacia el río. Un fuerte tropezón que dió por poco le hace caer en tierra.

—Es un castigo de Dios, José,—le gritaron sus compañeros,—por lo holgazán que eres.

José no respondía sino que estaba estático en el sitio en que acababa de levantarse, los ojos fijos en el suelo con aire de pasmo.

—¿Qué es eso, José?—gritó uno de los negros—¿te habrás clavado en el suelo?

José los llamó hacia él, no con la voz sino con aquellos gestos llenos de expresión que se notan en la fisonomía de los negros.

Los más curiosos corrieron a su lado y al momento los que quedaron oyeron una sola palabra repetida a la vez por muchas voces:—¡El mayoral!