—Y bien, señor ¿qué determina su merced?

—Marchar inmediatamente a Puerto Príncipe,—contestó el joven con resolución.

—Ya lo sabía yo,—dijo el mulato con sonrisa sardónica, y apartó de Enrique su mirada, que expresaba en aquel momento un profundo desprecio.

—Ven, vamos a marchar ahora mismo.

—Su merced marchará solo,—respondió Sab volviendo a sentarse junto a su caballo,—estoy rendido de cansancio.

—Tienes razón, pobre Sab, yo no puedo perder un minuto, pero tú quédate hasta mañana.

—Sí,—dijo Sab,—apresúrese su merced; yo tengo necesidad de reposar un momento.

Enrique se alejó: Sab le siguió con los ojos hasta que le perdió de vista, y luego dejóse caer sobre el cadáver del pobre animal tendido a su lado.—Ya no existes,—dijo con triste voz:—ya no existes, mi pobre amigo; has muerto, cumpliendo con tu deber, como yo moriré cumpliendo el mío. ¡Pero es terrible este deber! ¡es terrible! mi corazón está reventado como tú, mi pobre amigo, pero tú no sufres ya y yo sufro todavía. ¡Esto es hecho!—añadió en seguida, levantando su cabeza abatida y echando una mirada extraviada en torno suyo. ¡Esto es hecho; ya no hay remedio!... ¡no hay esperanza! ¡Algunas horas más y ella será suya! ¡Suya para siempre! ¡Para siempre! El cielo para él en esta vida y para mí el infierno; porque el infierno está aquí, en mi corazón, y en mi cabeza.

Levantóse y tendió su mirada en la extensión del mar que estaba delante de él. Entonces se estremeció todo, y como si quisiera apartar de sí un objeto importuno, extendió las manos con fuerza, desviando los ojos al mismo tiempo: ¡La muerte! Era una terrible tentación para el desventurado, y aquel mar se abría delante de él como para ofrecerle una tumba en sus abismos profundos. ¡Mucho debió costarle resistir a esta terrible invitación! Levantó al cielo su mirada y con ella parecía ofrecer a Dios aquel último sacrificio, con ella parecía decirle: Yo acepté el cáliz que me has mandado apurar, y no quiero arrojarlo mientras tú no me lo pidas. Pero ya está vacío, rómpele tú, Dios de justicia.

El cielo oyó sin duda sus votos y Dios tendió sobre él una mirada de misericordia, pues en aquel momento sintió el infeliz quebrantarse todo su cuerpo, y helar su corazón el frío de la muerte. Una voz interior pareció gritarle: Pocas horas de sufrimientos te restan, y tu misión sobre la tierra está ya terminada.