el cuello puso al lazo,

por salir de tormento,

y quiso que llegase tan mal plazo;

muéstrate piadosa,

pues eres en verdad divina diosa.

Oyendo el bravo Sarracino la enamorada canción, y no pudiendo sufrir más que el puesto donde había de hablar a su querida dama estuviese ocupado, se llegó a reconocer quién era el que cantaba. El cual, como sintió gente, dejó de proseguir su música, y se aprestó de sus armas.

Era el músico el fuerte Abenámar, el cual estaba amartelado de la bella Galiana, y por ablandar y mover a quien tan exenta vivía de amor, la cantaba aquella endecha triste.

Llegose Sarracino a él, y le dijo:

—¿Qué gente?

Respondió: