—Un hombre.
Replicó:
—Mucha nota veo en lo que habéis hecho, por dormir la reina y sus damas en ese cuarto, y podrá el rey sospechar algo, que por ventura no hay.
—No se os dé nada a vos —dijo Abenámar—, ni os entremetáis en lo que no os va nada, sino pasad adelante antes que os envíe contra vuestra voluntad.
—¡Oh villano! Yo veré si vuestras obras son como las palabras —dijo Sarracino, embrazando su rodela.
Con el alfanje en la mano embistió a Abenámar, que no menos apercibido estaba que él venía, y se comenzaron a dar muy grandes golpes.
Era tanto el ruido que hacían peleando, que algunos caballeros, mancebos moros, que buscaban sus pretensiones, acudieron a poner en paz, y no fue menester, porque como los valientes guerreros sintieron venir gente, y se apartaron, por no ser conocidos. Abenámar quedó herido en un muslo de una herida pequeña.
Los caballeros procuraron conocer los que peleaban, y nunca fue posible, porque huyeron cada uno por su parte.
La hermosa Galiana vio todo cuanto pasó, porque ya estaba puesta en un balcón, cuando Abenámar comenzó a tañer y cantar; y como vio trabada la pendencia, se retiró a su aposento, temerosa no sucediese alguna desgracia a su querido Sarracino.
No fue tan secreto este negocio que no lo supiese el rey, y mandó que se hiciese información, para que fuese castigado el causador del escándalo. Procurose hacer, y en ninguna manera se halló quiénes fueron los de la pendencia.