Pasado todo esto, se dio orden para llevar a Galiana a Almería, y mandó el rey que se aprestasen cincuenta caballeros, para que fuesen en su compañía; y estando todo a punto entró en palacio Mahomad Mostafá, alcaide de Almería, y padre de la hermosa Galiana.

Traía consigo una hija menor que Galiana, y tan hermosa como ella, la cual se llamaba Celima: el rey se levantó y abrazó al alcaide, diciendo:

—¡Qué buena venida es esta, amigo Mostafá, que con ella me has dado gran contento! Tu hija Galiana estaba ya aprestada para irte a ver con el acompañamiento que tú y ella merecéis.

Mostafá le respondió:

—Bien tengo entendido, que de tu larga y magnífica mano he de recibir mercedes, como siempre me las has hecho: mil años vivas para que en tranquilidad y sosiego nos gobiernes.

—Yo os agradezco aquesa voluntad —dijo el rey, y fue a abrazar a la bella Celima, y ella humillada le besó las manos.

La reina y sus damas se levantaron a recibir a Celima, y ella le besó las manos a la reina, y abrazó a su hermana, y las damas se maravillaron de la hermosura de Celima, y ella de la de las damas y su bizarría.

El alcaide Mostafá fue recibido con mucho amor de todos los cortesanos, y el rey le mandó sentar en un rico cojín cerca de sí, y le dijo:

—Holgádome he de tu venida y de la de tu hija, y querría saber, qué te ha movido a traerla a Granada.

El alcaide le dijo: