Y decidle a mi señora,

que salga, si verme quiere

hacer muy cruel batalla

con D. Manuel el valiente;

que si ella me está mirando,

mal no puede sucederme.

CAPÍTULO IX.

En que se da cuenta de unas fiestas solemnes, y juego de sortija, que se hicieron en Granada, y como se iban encendiendo los bandos de los Zegríes y Abencerrajes.

Ya sabía el valeroso y gallardo moro Abenámar, cómo el valiente Sarracino era aquel con quien había tenido la pendencia aquella noche en la plaza de palacio, y estaba muy enojado contra él, porque le había herido, e impidió su música; y mirando a los balcones, vio que hacía Galiana a Sarracino muchos favores, de lo cual sintió mucho dolor y pena, y procuró olvidar a la ingrata, visto que no admitía, ni se acordaba de lo que había hecho en Almería y Granada en su servicio.

Y para ejecutar su propósito con todas veras, puso los ojos en la bella Fátima, que ya la habían traído a Granada, y estaba tan hermosa como de antes, y con tanta salud; y tenía mucha esperanza el moro galán que no le sería ingrata Fátima respecto de tener olvidado a Muza, por la certidumbre que tuvo de los amores que trataba con Daraja.