Fátima no apartaba los ojos de su Abenámar, por estar muy cautiva de su voluntad: Jarifa, entendiendo que miraba a su amado Abindarráez, porque se paseaban juntos los dos enamorados moros, le dijo a Fátima muy celosa:
—Muy grandes son las maravillas de amor, Fátima, hermana y amiga, que donde quiera que da, no puede estar encubierto, porque brota por los ojos, cuando la lengua calla: no me podrás negar, amiga, que tú estás tocada de pasión amorosa, pues realmente tu hermoso rostro da de ello clara señal, que solías estar como la rosa en su zarza, y ahora te veo triste y melancólica, y son todas las mudanzas evidentes señales que causa el incendio de la llama amorosa que en tu pecho labra: y si no me lo niegas, el causador de todo es el valeroso y gallardo Abindarráez, y así no me debes negar ni encubrir tu secreto, pues sabes cuán leal y verdadera amiga te soy.
Fátima, que era muy astuta, sagaz y discreta, luego entendió el blanco donde tiraba el pensamiento de la hermosa Jarifa, porque ya sabía que trataba amores con Abindarráez, y no se lo quiso dar a entender, y disimulando, la respondió:
—Si las maravillas de amor son grandes, no han llegado a mi noticia sus efectos, ni de ellos experiencia tengo. El no tener mis colores como de antes, y estar melancólica, bien sabes que es la causa muy urgente, pues estas presentes fiestas me renuevan mi dolorosa llaga de las tristes pasadas, en las cuales fue muerto mi amado padre, como duran los comenzados bandos entre Zegríes y Abencerrajes; y en caso que de amor procedieran las causas que dices, te certifico que nunca por Abindarráez fuera, porque en el juego de cañas hay caballeros que son de tanto valor, esfuerzo y bondad como él, y en comprobación de mi verdad el día de la sortija se verán los retratos de las damas servidas, que los caballeros sus amantes sacan, y entonces echarás de ver si te he negado el punto de verdad.
Con esto cesó la celosa conversación de las dos enamoradas damas, y levantando Fátima los ojos para ver la trabada escaramuza, vio entre los caballeros a su querido Abenámar, que hacía notables destrezas; conociole la rendida mora en un pendoncillo morado con una F de plata, encima una media luna de oro, armas y divisa de la bellísima Fátima.
Habiendo escaramuceado el rey y los caballeros desde antes que el sol saliera, hasta las once del día, se tornaron a la ciudad por aprestar lo que cada uno había de sacar en el juego de sortija. Por este día de S. Juan, y fiesta que en él se hizo, que fue muy señalada y notable, se hizo aquel antiguo romance, que dice así:
La mañana de S. Juan,
al tiempo que alboreaba,
grande fiesta hacen los moros
por la vega de Granada.