La cuadrilla de los Abencerrajes iba de tela de oro y leonado, con labores muy costosas y diferentes, unos soles por divisas, y penachos encarnados. Los Zegríes salieron de verde, con tejidos de oro y estrellas sembradas por las vestiduras, y por divisas medias lunas. Los Almoradíes salieron de encarnado y morado, y muy ricamente aderezados. Los Mazas y Gomeles salieron de morado y pajizo.

Era un caso de grande admiración el ver estas cuadrillas corriendo por la Vega de dos en dos, y de cuatro en cuatro, porque más parecía campo de batalla que caballeros de juego.

El rey Chico estaba entre los caballeros con unas vestiduras de inestimable valor; andaba con ellos solo por evitar las ocasiones de pesadumbres que se podían ofrecer.

La reina y todas las damas estaban mirando el juego desde las torres del Alhambra, admiradas de ver el gran concierto que tenían y la destreza de los jugadores.

Los caballeros Abencerrajes y Almoradís fueron los que más se señalaron aquel día. El valeroso Muza, Abenámar y Sarracino hicieron cosas notables en el juego.

Cuando el rey vio que andaba muy trabado el juego, y que se iban encendiendo los Abencerrajes y los Zegríes, temiendo no hubiese otra desgracia como la pasada, mandó cesase el juego; y luego fue obedecido, y empezaron un concertado caracol, y luego dieron muchas carreras, con lo cual concluyeron el juego de cañas.

El gallardo y fuerte Abindarráez se señaló aquel día más que ninguno de los jugadores, porque estaba mirándole la hermosa Jarifa, su dama.

La reina dijo a Jarifa:

—Por dichosa te puedes tener, por ser tu galán tan bizarro y valiente.

Jarifa disimuló, encendiéndose el rostro de vergüenza que la dio de oír aquello.