que los incite y los llame,
se deshacen los corrillos
y su motín se deshace:
que no hay quien baste
contra la voluntad de un rey amante.
Sola Zelindaja grita:
«Libradle, moros, libradle;»
y de su balcón quería
arrojarse por librarle.
Su madre se abraza de ella