Con estos pensamientos llegó a Arbolote, y en casa de un amigo suyo se apeó, donde fue curado de manos de un cirujano experimentado, donde lo dejaremos por volver a Muza, que quedó con Albayaldos, al cual aunque se volvió cristiano no le desamparó, antes procuró de curarle; y desnudándole le halló tres heridas penetrantes, sin otra que tenía en la cabeza, y viendo que eran de muerte, no quiso curarlo, por no darle pena, y le dijo:

—¡Cuánto me pesa de verte así! Si admitieras mi consejo, no vinieras a este estado.

El nuevo cristiano D. Juan abrió los ojos, y mirando al cielo, con las ansias de la muerte decía:

—¡Oh, buen Jesús! ten misericordia de mí, y no mires que siendo moro te ofendí, persiguiendo tus cristianos. Mira tu grandísima misericordia, que es mayor que mis pecados; y mira, Señor, que tú dijiste por tu boca, que en cualquier tiempo que el pecador se volviese a ti, sería perdonado.

Adelante quería pasar D. Juan, mas no pudo, porque se le trabó la lengua, y comenzó a revolcarse a un lado y a otro por un lago de sangre que de sus heridas salía, y de la cual estaba todo bañado, que era compasión; y por esto se hizo este romance, que dice así:

De tres heridas mortales,

de que mucha sangre vierte,

el valeroso Albayaldos

herido estaba de muerte:

El maestre le hiriera