El maestre, viendo que D. Manuel había quedado vencedor de un tan buen caballero como Alabez, cobró ánimo de nuevo, y con una honrosa vergüenza, porque tanto se dilataba su victoria, arremetió con toda furia para Albayaldos, y dándole un golpe muy pesado sobre la cabeza, no pudiéndose ya el moro apartar, malamente herido, dio con él en el suelo sin ningún sentido, quedando el maestre con tres heridas.

El fuerte Muza que vio caído a Albayaldos, fue al maestre, y le pidió de merced que no pasase más adelante la escaramuza, pues Albayaldos más estaba muerto que vivo.

El maestre se lo concedió, y asignando la mano para levantarle, no se la dio, porque estaba casi privado de su sentido; y llamándole por su nombre, Albayaldos abrió los ojos, y con voz débil y flaca, como quien iba rindiendo el alma, le dijo que quería ser cristiano.

Mucho fue el gozo de los dos cristianos; y cogiéndole entre ambos, le llevaron a la fuente, y el maestre le bautizó en nombre de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, y le puso por nombre D. Juan, y muy tiernamente se despidieron de los dos moros, y le encargaron a Muza cuidase de aquel caballero, porque ellos se iban a curar, que estaban muy mal heridos.

—Alá santo os guarde —dijo el afligido Muza—, y él querrá que algún día os pague las mercedes que me habéis hecho.

Los fuertes cristianos se fueron adonde su gente los aguardaba, que era en el Soto de Roma que dicen, por donde pasa el río Genil, y allí fueron con toda diligencia curados.

Volvamos al fuerte Muza, que había quedado en la fuente del Pino con los dos moros heridos. Malique Alabez ya puesto en todo su acuerdo, y no tan mal herido como se entendía, le dijo a Muza, qué era lo que había de hacer.

Muza respondió, que quería aguardar a ver en qué paraba el buen Albayaldos que estaba acabando, y que si él traía ungüento, que le curaría de modo que fuese a Arbolote, y que allí se podría curar despacio.

Alabez dijo que mirase en su mochila, que allí había lo necesario.

Muza fue al caballo de Alabez, y trajo paños y ciertos ungüentos para curar heridas, y poniéndole sobre ellas de los ungüentos, se las apretó con unos paños; y curado Malique subió en su caballo, y se fue a Granada, yendo considerando el valor de D. Manuel y del maestre; y tenía pensamiento de ser cristiano, entendiendo que la fe de Jesucristo era mejor y de más excelencias, y por gozar de la amistad de tan valerosos caballeros como aquellos, y de otros de cuya fama estaba el mundo lleno.