La lanza fue arrojada antes de tiempo, porque pasó por delante de los pechos del caballo de Albayaldos con tanta furia, como si fuera una saeta despedida del corvo arco; de modo que gran parte de la dura asta fue clavada en tierra, y eso a tiempo que el caballo del moro llegaba, el cual andando tropezó en el asta que quedaba retemblando, de suerte que sin poderse valer dio en el suelo.
El bravo moro como vio en tal aprieto su vida, le espoleó para que de todo punto cayese; mas no lo pudo hacer el moro tan presto, que el valiente D. Rodrigo no fuese a él con la espada desnuda, y antes que se levantase el caballo le dio de punta una brava herida.
Malique Alabez volvió el rostro hacia donde lidiaban el maestre y Albayaldos, y como le vio en tan notorio peligro, volvió las riendas a su caballo por favorecerle, y dejó a D. Manuel, que muy trabada escaramuza tenía con él, y como un águila llegó adonde estaba el maestre, a tiempo que traía el brazo levantado para tornar a herir a Albayaldos, y de través le hirió de un bote de lanza, tan a sobre seguro y a su salvo, que no embargante ser muy mal herido, si no se asiera a las crines del caballo, cayera en tierra sin duda.
El moro rompió su lanza con aquella herida que dio, y había puesto mano a su cimitarra para volver al maestre, cuando D. Manuel llegó a todo correr de su caballo por socorrer al maestre que estaba en mucho peligro, y sin duda que allí acabara su vida, y con una emponzoñosa cólera le dio a Alabez un golpe con la espada, que le quitó el sentido; y aunque fue la herida pequeña, porque le dio casi de llano, con todo eso fue dado con tanta fuerza, que le aturdió, y sin ningún remedio cayó del caballo, y con la caída casi volvió en sí, y reconociendo su peligro, como era de animoso corazón, se quiso levantar; mas D. Manuel no le dio lugar, porque habiendo saltado de su caballo, fue a él, y con gran furia le dio otro golpe por encima de un hombro, que le hizo una mala herida.
De aquel golpe tornó Alabez a caer en el suelo, y D. Manuel fue a cortarle la cabeza; pero como Alabez se vio en tal extremo, habiendo recobrado todo su natural acuerdo, puso mano a un puñal que tenía, y con la mayor fuerza que pudo le dio a D. Manuel dos grandes heridas, una en pos de otra.
D. Manuel, viéndose tan mal herido, puso mano a una daga que tenía, y levantando el invencible brazo, le fue a cortar la garganta para dividirle la cabeza del pescuezo; mas impidiolo el bravo Muza, que había estado mirando la escaramuza; y como vio a Alabez en tal aprieto, fue corriendo, y arrojándose de su caballo, detuvo el invicto y fuerte brazo a D. Manuel, diciendo:
—Señor D. Manuel, suplícoos me hagáis merced de la vida de este vencido caballero.
D. Manuel, que hasta entonces no le había visto ni sentido, volvió la cabeza, por ver quién se lo pedía; y conociendo ser Muza, hombre de tanto valor, y viéndose tan mal herido, y recelándose si no otorgaba la vida de tener escaramuza con él en tan mala ocasión, dijo que le placía de hacer lo que le pedía; y levantándose de encima de Malique, aunque con trabajo por estar desangrado, y tener penetrantes heridas, le dejó libre.
Malique estaba muy de peligro, y sin fuerza para levantarse del suelo, porque se desangraba muy apriesa.
Muza condolido de él, le alzó de la tierra, y le llevó a la fuente, dando muchas gracias a D. Manuel; el cual mirando el estado de la escaramuza del maestre y de Albayaldos, vio como el moro andaba desmayado y para caer, porque tenía tres heridas mortales, una de lanza, y dos de espada.