—No quede por eso, dijo D. Manuel, dadme ese, y aquí tenéis el vuestro, que bien os sé decir que antes de mucho serán ambos de uno de los dos.

Y diciendo esto destrocaron los caballos, y cada uno quedó contento con su prenda. El bravo Muza, visto que no había podido alcanzar lo que pretendía, se previno para el oficio que le habían señalado.

El maestre llevaba en torno de su adarga unas letras rojas, así como la cruz, que decían: Por esta morir pretendo. D. Manuel llevaba por la orla de su adarga otra letra que decía: Por esta y por la fe.

Malique Alabez y Albayaldos iban de una librea de damasco azul, marlota y capellar con muchos frisos de oro. Alabez llevaba en su adarga su acostumbrado blasón y divisa, en campo rojo una banda morada, y en ella una media luna, las puntas arriba, y encima de ellas una hermosa corona de oro con una letra que decía: De mi sangre. Albayaldos llevaba por divisa en su adarga, en campo verde un dragón de oro con una letra que decía en arábigo: Nadie me toque. Estaban tan galanes con sus libreas y divisas, que parecían no ir a pelear, y debajo de ellas llevaban fuertes armas.

Albayaldos encolerizado y muy brioso empezó a menear su caballo, y aprestarse para la escaramuza, y a llamar al maestre que viniera; el cual haciendo primero la señal de la cruz, movió su caballo a media rienda, poniendo los ojos en su enemigo con gran diligencia.

Alabez como se vio con su estimado caballo, como si fuera un Marte arremetió por el campo, y lo mismo hizo D. Manuel con el suyo, que en bondad ninguno le excedía: así se trabó entre todos cuatro una escaramuza de las más bravas y sangrientas que hasta entonces se habían visto.

Y no hay que espantarse de la exageración, pues eran los dos cristianos la mapa de la corte del rey de Castilla, y los dos moros del de Granada.

Albayaldos viendo muy cerca de sí al maestre, arremetió a él abalanzándose con intento de herirle, de suerte que feneciera presto la escaramuza; pero fue diferente de lo imaginado, porque así como le vio venir tan de rebato, reconoció su intento: hizo que le aguardaba, pero al tiempo de embestir, con mucha destreza picó al caballo haciéndole dar un gran salto en el aire, y retirose poco trecho por un lado; de modo que el encuentro del moro no hizo efecto, y el maestre revolvió como un pensamiento, y en lo descubierto de la adarga le dio un bote de lanza tan duro, que la fuerte cota que el moro llevaba fue rompida, y la carne abierta con el duro hierro.

No hubo áspid ni víbora pisada al descuido del rústico villano, que tan presto fuese a la venganza de su daño, ni embravecido león con onza que le hubiese herido, como el bravo Albayaldos revolvió a herir al maestre, bramando como un toro, lleno de ponzoñosa cólera; y como le vio tan cerca de sí, arremetió con tanta presteza, que el maestre no tuvo tiempo de usar la primera maña ni destreza; y así el moro le hirió tan poderosamente, que le atropelló la adarga, rompió el fuerte escudo, e hirió mal al maestre.

El moro rompió la lanza del golpe, y arrojando el trozo revolvió su caballo para tener lugar de echar mano al alfanje; mas no pudo revolver tan presto como lo imaginó, de manera que el maestre tuvo lugar de arrojarle la lanza porque no se fuese.