porque no pueda ofenderme

el fementido Alcorán,

que pretende oscurecerme.»

Muy atento había estado el fuerte Muza a las razones del nuevo cristiano, y tanto sentía su mal, que no podía dejar con lágrimas en sus ojos de hacer un tierno sentimiento, considerando el estado en que estaba tan bravo caballero, y las grandes victorias por él alcanzadas contra los cristianos; las riquezas que dejaba, el brío, la valentía y fortaleza de su persona, y la grande estima y reputación en que estaba puesto; y verle tendido en el duro suelo, revolcándose en su sangre, y sin poder restañar la poca que le quedaba; y acercándose a él para consolarle, viendo cómo el nuevo convertido hizo señal de la Santa Cruz y la besó, y diciendo JESÚS rindió el alma a su Criador.

Lastimose tanto de ver al nuevo cristiano muerto, que derramó muchas lágrimas sobre el difunto con el dolor que tenía de la muerte de su amigo; mas visto que el llorar y hacer sentimiento doloroso no hacía al caso, se consoló dejando el llanto, y procuró cómo le podría dar sepultura en aquel lugar tan desierto; y estando así con este cuidado, Dios le socorrió en tal necesidad, para que el cristiano fuese enterrado, y no quedase su cuerpo a las aves en aquel campo; y fue, que cuatro rústicos iban por leña a la sierra Elvira con todo recado y azadones para sacar las cepas.

Muza se alegró cuando los vio y los llamó; los cuales vinieron, y Muza les dijo:

—Amigos, por amor de mí, que me ayudéis a enterrar el cuerpo de este caballero que está aquí, que Alá os lo pagará.

Los leñadores respondieron que de buena gana lo harían; y habiendo señalado Muza el lugar de la sepultura, la abrieron con diligencia al mismo pie del pino; y alzando el cuerpo del caballero le quitaron la marlota y capellar, y desarmándole de las armas que tenía, de tan poco provecho a los agudos filos y temples de la espada y lanza del maestre, y tornándole a poner su marlota y capellar, le enterraron con hartas lágrimas, que derramó Muza; y habiéndole enterrado, los leñadores se despidieron, espantados de las mortales heridas del difunto.

Muza escribió en el mismo tronco del pino un epitafio con letra que de todos fuese bien entendida, que decía de esta manera:

Epitafio de la sepultura de Albayaldos.