El moro, encendido en ira rabiosa, casi desesperado, arremetió al maestre para herirle, pero guardábase de los golpes con gran ligereza. Y visto por el moro la grande destreza del maestre, maravillado detuvo su caballo y le dijo:
—Cristiano caballero, si queréis, y es vuestro gusto, fenezcamos nuestra escaramuza a pie pues ha gran tiempo que combatimos a caballo.
El maestre dijo que le placía, y se alegró, porque era grande la destreza que tenía a pie; y así se apearon los dos fuertes guerreros, y embrazando sus escudos, con las armas en las manos se acometieron con tanta fortaleza, como dos bravos leones; pero poco le valió al moro su braveza, que tenía poderoso enemigo.
Heríanse por todas partes, procurando cada uno dar la muerte a su contrario, y así andaban los dos muy encarnizados: llevaba el moro lo peor, aunque no lo sentía, porque de dos heridas destilaba mucha sangre, y tanta, que donde Aliatar ponía los pies quedaba rastro; mas como era el moro valiente, y de tan animoso corazón, no lo sentía, y así se mantenía en su escaramuza.
A esta sazón tiró el maestre un revés a su enemigo, y le cortó la adarga como si fuera de seda; lo cual visto por el moro lo sintió, y muy sañudo dio un golpe al maestre por encima de su escudo, que parte de él vino al suelo; y como el maestre lo alzó por defender la cabeza, la punta del alfanje alcanzó con tal valor, que el acerado casco del maestre fue roto, y quedó herido en la cabeza: la herida no fue grande, respecto que el alfanje le tocó por los extremos, pero salíale tanta sangre que le bañaba los ojos, de modo que le turbaba; y si a la sazón el moro no anduviera tan debilitado por la falta de sangre, el maestre corría peligro, porque como el moro vio tanta sangre por el rostro del maestre, cobró ánimo, y comenzó a herirle bravamente; mas como estaba desangrado, no pudo acometer al maestre como quisiera ni mostrar su valor: con todo eso ponía en aprieto al maestre, el cual como se vio tan perseguido del moro, y que tanta sangre le salía de la herida de la cabeza, de todo punto enojado, poniendo la vida en mucho riesgo, cubierto lo mejor que pudo con la parte de escudo que le quedaba, acometió a Aliatar, llevando su espada de punta.
El moro que le vio venir no le rehusó que también le embistió, pensando con aquel golpe fenecer la escaramuza. El maestre le hirió de punta al moro con gran furia, de suerte que la espada entró hasta lo más escondido de sus entrañas; mas no pudo hacer tan a su salvo el maestre esta herida, que él no quedase mal herido de otra en la cabeza; de tal suerte, que aturdido vino al suelo, derramando mucha sangre.
El moro que vio al maestre en tierra y cubierto de sangre, entendió que era muerto, y fue para cortarle la cabeza; pero cuando se movió para ello cayó en tierra muerto, a causa de haberle pasado las entrañas.
A esta sazón el maestre volvió en sí, y viéndose puesto en tal estado, receloso que el moro viniese sobre él, con presteza se levantó, y mirando a Aliatar le vio tendido en el suelo que no se movía: entonces se hincó de rodillas, y dio muchas gracias a Dios por la victoria, y levantándose se fue al moro y le cortó la cabeza y la arrojó en el campo.
Luego tocó la corneta, y al sonido vino su gente, y vista la victoria se holgaron; y como le hallaron tan mal herido les pesó mucho, y cogiendo los caballos le dieron el suyo al maestre, y el del moro cogieron de la rienda, y la cabeza de Aliatar puesta en el pretal, despojado el cuerpo de ropas y armas, se fueron para curar al maestre, el cual quedó de esta escaramuza con mucha honra; y por ella se hizo aquel antiguo romance que dice así:
De Granada sale el moro