—Ea, caballero, ya es tiempo de comenzar nuestra escaramuza, y diciendo esto movió su caballo a media rienda, escaramuceando con gracia.

El maestre, hecha la señal de la cruz, alzó los ojos al cielo diciendo:

—Por vuestra Santísima Pasión, Señor mío Jesucristo, que me deis victoria contra este pagano.

Y diciendo esto, con bravo ánimo arremetió su caballo por el campo, escaramuceando contra el moro; y aunque no estaba sano de las heridas que le dio Albayaldos, y le impedían para pelear, su gallardo ánimo suplía los defectos de sus heridas, y notando la braveza de Aliatar, su denuedo y ligereza de escaramucear, dijo entre sí: «Conviene andar cuidadoso porque este moro no alcance victoria, lo cual no permita Dios»; y diciendo esto sosegó su caballo, viniéndose despacio, y los ojos puestos siempre en su enemigo para ver lo que haría.

El moro que vio andar así al maestre, no sabiendo la causa, se le fue acercando para hacerle algún daño; y estando cerca de él, confiado en el valor de su brazo, enderezó para dar el golpe, entendiendo que el maestre no estaría en el caso advertido; y levantándose sobre los estribos le arrojó la lanza con tanto ímpetu, que el hierro y banderilla iban rechinando por el aire.

El maestre que vio desembrazar la lanza con tan gran violencia, y que el asta venía crujiendo por el aire, con gran presteza arremetió su caballo y se apartó hacia un lado, hurtándole el cuerpo, de modo que pasó por delante, y se clavó en la tierra sin hacer efecto.

Habiéndose el maestre apartado con tal presteza, y cual halcón suele asaltar a los astutos gorriones, arremetió al moro para herirle; el cual no osó aguardar, porque le vio venir con violencia, y revolviendo el caballo fue adonde estaba clavada la lanza; y llegando tiró de ella y la sacó del suelo con una presteza admirable; y revolviendo para herir al maestre, le vio tan cerca de sí, que le venía a los alcances, que no se pudo hacer otra cosa sino embestirse el uno al otro, y diéronse dos grandes encuentros.

El moro dio a su contrario en el escudo y se lo falseó, y le hirió en el pecho de una mala herida. El golpe que el maestre dio fue muy bravo, porque rompió la adarga del moro, aunque era muy fuerte, y el jaco acerado, y le hizo una mala herida por la cual salía mucha sangre.

Bien sintió el moro que estaba mal herido, pero no por eso mostró punto de desmayo, antes con más ánimo arremetió al maestre, blandeando la lanza como si fuera un junco.

El maestre usó de maña con él, que al tiempo que se hubieron de encontrar los dos, ladeó un poco su caballo, de suerte que le dio Aliatar en la adarga al soslayo, y aunque la rompió no entró el hierro en la carne. El maestre le dio de través en lo descubierto, y le hizo una mala herida.