Como los caballeros y damas ya nombradas era toda gente principal, y la flor de la ciudad de Granada, se hicieron grandísimos gastos, así en comidas, como en ricas ropas, oros y sedas; de manera que la ciudad estaba en esta sazón la más rica y opulenta, y más alegre y regocijada que había estado en ningún tiempo.
Fuera gran bien para los moradores de la ciudad y para todo el reino, que siempre estuvieran en tranquilidad y concordia; pero como la rueda de la fortuna es mudable, presto volvió lo de arriba abajo, y dio con todo en el suelo, convirtiendo tantos placeres y regocijos en tristes llantos, como adelante diremos.
Muza, como hombre a quien habían hecho cargo de las fiestas, presto concertó las cuadrillas del juego, tomándose él un puesto con treinta caballeros Abencerrajes, y dando el otro puesto a un caballero Zegrí, hermano de Fátima, mancebo de valor; y este señaló otros treinta Zegríes, deudos suyos, para el juego, el cual había de ser en la plaza de Vivarrambla, donde se habían de correr los toros; y traídos un día señalado, los corrieron con mucha alegría de toda la ciudad, en presencia del rey y la reina, y de toda la corte. Congregáronse de la ciudad y forasteros mucha gente a la fama de las fiestas reales.
Ya se habían corrido cuatro toros muy bravos, y el quinto estaba en la plaza, cuando entró por ella un caballero en un lucido caballo; la marlota y capellar eran verdes, como quien vivía con esperanza, las plumas verdes con argentería de oro. Con él salieron seis con la misma divisa de su librea, y cada uno con un rejón negro en la mano, y unas listas de plata.
Grande contento dio el caballero a todos los que estaban mirando las fiestas, y más a la hermosa Lindaraja, porque luego conoció a Gazul, que ya estaba sano de las heridas que le dio Reduán en la escaramuza que tuvieron los dos.
Reduán no quiso estar en las fiestas aquel día, por los desdenes que le hacía Lindaraja; y por no verla, y por no traer a la memoria sus penas, se salió aquel día armado, por si encontraba algún cristiano con quien pelear.
Pues como Gazul entró tan gallardo, y vio que todo el vulgo le miraba, se puso enmedio de la plaza, y aguardó que el toro viniese por aquella parte; el cual no tardó mucho, que habiendo muerto cinco hombres, y atropellado más de cincuenta, llegó, y así como vio el caballo, arremetió para herirle.
Gazul le aguardó, y al tiempo que el toro quiso dar su golpe, le clavó un rejonazo tan cruel por medio de los hombros, que contra su gusto cayó en tierra, y no hirió al caballo. Sentía tanto dolor el lastimado toro, que puestos los pies y manos hacia arriba, se revolcaba en su sangre, dando unos bramidos espantables.
Admirado quedó el rey y toda la corte de ver la venturosa suerte de Gazul, y qué brevemente había quitado la fuerza y brío a un animal tan feroz.
Con mucho contento estaba Gazul, lidiando los toros que se corrían, aguardándolos hasta llegar muy cerca, y después los lastimaba con el rejón de tal suerte, que no volvían más a él; y porque aquel día lo hizo tan bien el invencible Gazul, se dijo este