que se huelga de mi daño;

yo lo digo por aquel,

que lleva el roquete blanco.»

De esta suerte va este romance diciendo; pero este y el pasado contienen una cosa en sustancia; y aunque son viejos, es bien traerlos a la memoria, para que quien ignora el fundamento de la historia lo sepa. Sucedió esta escaramuza en tiempo del rey Chico de Granada, el año de mil cuatrocientos noventa y uno.

Volvamos al rey Chico de Granada, que estaba holgándose y descansando en los Alijares, como atrás queda ya dicho, cuando le dijo el caballero Zegrí, que los caballeros de Jaén eran de más valor que los Abencerrajes, pues a su pesar los habían hecho retirar.

A lo cual respondió el rey:

—Bien estoy con eso; pero si no fuera por el valor y resistencia de los valientes Abencerrajes y Alabeces, no tengo duda sino que fuéramos desbaratados; mas ellos pelearon de tal suerte que salimos a nuestro salvo, sin que nos quitasen la cabalgada del ganado que trajimos y de algunos cautivos.

—Oh cuán ciego está vuestra majestad —dijo el Zegrí—, y cómo vuelve por los que son traidores a la real corona; y es causa la mucha bondad y confianza que vuestra majestad tiene de este linaje de los Abencerrajes, sin saber la traición en que andan. Muchos caballeros hay que la han querido decir, y no se atreven ni han osado respecto del buen crédito y posesión en que vuestra majestad tiene a este linaje; mas aunque no quiera yo lastimar vuestro real pecho con tan afrentosa infamia, no puedo dejar de hacer lo que debo a leal vasallo, y dar aviso de la traición y alevosía que se comete contra mi rey y señor; y así digo, que no se fíe vuestra majestad de ningún Abencerraje, si no quiere verse desposeído del reino, y muerto violentamente.

El rey dijo:

—Di, amigo, lo que sabes; no me tengas confuso ni me lo celes ni encubras, que tu lealtad será bien pagada.