—No dejaré de obedecer a vuestra majestad, y para que se entienda la publicidad que hay en el delito, y cuán a rienda suelta se van en él, y qué poco temor tienen los Abencerrajes de vuestra real persona, y cuán seguros y de asiento, por el buen predicamento en que los tenéis, se están en su traición con la demasiada confianza que tienen de las mercedes que cada día se les hacen, y que en la tierra no ha de haber justicia contra ellos; asimismo para que se entienda que odio, rencor ni envidia, no me mueve a revelar a vuestra majestad lo que ignora para que lo remedie, sino que soy compelido de obligación y celo de la honra de mi rey, haga vuestra majestad llamar a Mahandín Gomel, y a mis sobrinos Mahomad y Alhamut, que saben bien la verdad de todo, y otros cuatro primos de Mahomad Gomel, del mismo linaje, que ellos presentes contaré el caso.
El rey los mandó llamar, y venidos hizo que saliesen de la sala real todos los caballeros, salvo el acusador y los testigos falsos.
Y estando todos juntos, empezó el Zegrí, mostrando en lo exterior gran pena, a decir estas palabras:
—Sabrá vuestra majestad, que todos los Abencerrajes están conjurados contra vos para quitaros vuestro reino y la vida; y este atrevimiento ha salido de ellos, porque trata lascivos y adúlteros amores con... ¡oh cielos, quién dirá esto, que el dolor no le acabe!... mi señora la reina el Abencerraje Albín Hamete, que es el más poderoso y rico de todos los caballeros de Granada. ¿Qué quiere vuestra majestad que diga, sino que gastan sus haciendas con todos, por tenerlos propicios para su intento? Y así generalmente el caballero, el pechero, el rico, el pobre, quieren bien a este linaje, porque los tienen embaucados. Bien se acordará vuestra majestad cuando en Generalife se hacía una zambra, que entró el maestre a pedir desafío, y salió Muza en la suerte; pues aquel día paseándonos por la huerta, yo y este caballero Gomel vimos en una calle de arrayanes, debajo de un rosal, en deshonestos deleites a la reina y al adúltero de Albín Hamete; y estaban tan embebecidos en sus actos libidinosos, que no nos sintieron con estar tan cerca. Yo se lo enseñé a Mahandín Gomel, y admirados del atrevimiento nos apartamos un poco para ver el fin; y a poco espacio salió la reina, y se fue hacia la fuente de los Laureles, y de allí adonde estaban sus damas. Pasado gran rato vimos salir al alevoso de Albín Hamete cogiendo rosas blancas y rojas, y de ellas hizo una guirnalda, y se la puso en la cabeza: nosotros nos llegamos con disimulación a él, y le preguntamos en qué se entretenía; a lo cual nos dijo: En ver esta deleitosa huerta, que tiene en qué se esparza la vista; y dionos dos rosas a cada uno, y nos venimos todos paseando hasta donde estaba vuestra majestad con los caballeros. Quisimos avisar entonces, y no osamos, por no alborotar la corte en caso de tanto peso. Esto pasa, no debo más a ley de caballero de decir lo que he visto y sabido: lo que siento es que estoy con pena y recelo, no se vea privar de la vida alevosamente a vuestra majestad. ¿Es posible que no se acuerde de aquel blasón que en el espolón de la galera traía el bando Abencerraje en el día del juego de sortija? Era un mundo hecho de cristal, y por letrero: Todo es poco; de suerte que todo el mundo es poco para ellos; y en el alfanje de la popa un salvaje desquijarando un león: este sois, señor, y ellos quienes os quitan la vida. Mirad por vuestra persona: muera el adúltero aleve, y con ellos la deshonesta reina, pues así ha afrentado vuestra real corona.
Sintió tanta pena en oír lo que el falso, aleve y traidor del Zegrí le decía, que creyéndole, se cayó amortecido en tierra por muy gran espacio de tiempo; y volviendo en sí, dio un doloroso suspiro diciendo:
—¡Oh Mahoma!, ¿en qué te ofendí? ¿Este es el pago que me das por los bienes y servicios que te he hecho; por los sacrificios que te tengo ofrecidos; por las mezquitas que te tengo hechas; por la copia de incienso que he quemado en tus altares? ¡Oh traidor, cómo me has engañado! No más traidores, vive Alá, que han de morir los Abencerrajes, y la adúltera reina ha de morir en el fuego. Vamos a la ciudad, préndase luego a la reina, que yo haré tal castigo que sea sabido por todo el mundo.
Uno de los traidores, que era Gomel, dijo:
—No será acertado prender a la reina, mi señora, porque se pone vuestra real persona en contingencias de perder la vida y alborotar la ciudad, y que tome las armas Albín Hamete con todos los de su linaje y bando, so color de defender a la reina; y esto les servirá de instrumento para conseguir el efecto de su intención, más siendo parciales de los Abencerrajes los Alabeces, Venegas y Gazules, que son toda la flor Granada. Pero lo que se puede hacer para ser vengado, sin alborotar la ciudad, es mandar que vengan a palacio uno a uno, y tener allí veinte caballeros de confianza que los vayan degollando; y siendo así hecho uno a uno, cuando el caso se venga a entender, ya no quedará ninguno de todos ellos; y cuando se venga a saber por todos sus amigos, y ellos quisieren hacer algo contra vuestra majestad, escarmentarán en cabeza ajena, siendo en vuestro favor los Zegríes, Gomeles y Mazas, que no son tan pocos, ni valen tan poco, que no os saquen a paz y a salvo de todo peligro; y esto hecho, mandar prender a la reina, acusándola de adúltera, y poner en tela de juicio el caso, siendo cuatro caballeros los acusadores de vuestra parte, y que la reina señale otros cuatro caballeros que la defiendan; y si estos por su buena suerte vencieren a los acusadores, que se libre la reina; y si los defensores de la reina fueren vencidos, que muera la reina conforme a la ley; y de esta forma todos los del linaje de la reina, que son los Almoradís, y Almohades y Marines, no se alterarán, viendo que va por vía de justicia, y sin altercar. Esto es lo que siento para que sea vuestra majestad vengado, y no se altere la ciudad.
—Buen consejo es —dijo el rey—, y de tan leales caballeros. Y decid, ¿quiénes serán los cuatro caballeros que pongan la acusación, y la sustenten en batalla contra los defensores que pusiere la reina?
—No cuide de eso vuestra majestad —dijo el Zegrí—, que yo seré el uno, y mi primo Mahandón el otro, y Mahandín el tercero, y su hermano Abenhamete el cuarto.