—Pues vámonos a la ciudad —dijo el fácil rey—, y se dará la orden que pide mi venganza.
¡Oh desdichada ciudad, y qué revuelta y cisma se te ordena por dar crédito el mal aconsejado rey a las sirenas que le cantaban al oído! Con esto se partieron a Granada, y en entrando en el Alhambra se fueron al palacio real, adonde la reina con sus damas le salieron a recibir; pero el rey no miró hacia la reina, sino pasó adelante sin detenerse, de que no poco se espantó la reina; y confusa se retiró a su aposento con sus damas, sin saber la causa del no usado desdén del rey, el cual pasó lo que restaba del día con sus caballeros hasta la noche, y luego cenó, y se fue a recoger, fingiendo estar indispuesto; y así todos los caballeros se fueron a sus casas.
Toda aquella noche estuvo vacilando en cien mil pensamientos el desventurado rey, y sin poder reposar, y entre la máquina de confusiones, decía: «¡Oh sin ventura Abdalí, rey de Granada, cuán cercana veo tu perdición y la de tu reino! Si matas a estos caballeros, gran mal se te ordena; y si no castigas estos yerros, quedas afrentado, y te valdría más la muerte. ¿Matarelos? Sí, que fue grande su atrevimiento en cometer tal adulterio en ofensa mía, y tratar de matarme por alzarse con el reino. Pero di, rey mal aconsejado, ¿no sabes cuán recatada y honesta mujer tienes? ¿No conoces la bondad y lealtad de los nobles Abencerrajes, y cuán sus mortales enemigos son los Zegríes, y que puede ser que por esta vía pretendan venganza de este virtuoso linaje? Verifica mejor la causa, ya que determinas la venganza; pero ¿qué más verificación que quien lo vio? No se atreverían a levantar tal testimonio, y más ponerse a sustentar en batalla lo que dicen: no hay duda, sino que es verdad.»
En estas variedades pasó toda la noche, y venida la mañana se levantó; y saliendo de su dormitorio, vio en la sala muchos Zegríes, Gomeles y Mazas.
Y a esta sazón entró un escudero, y le dijo al rey cómo había venido Muza de pelear con los cristianos, y traía ganadas dos banderas, y más treinta cabezas, con lo cual se holgó; y apartando al Zegrí le dijo que tuviese en aquel cuarto de los Leones treinta caballeros armados, y un verdugo prevenido de lo necesario para lo que estaba tratado.
Luego el traidor del Zegrí salió del real palacio y puso por obra lo que el rey le había mandado; y estando todos muy a punto, el rey fue avisado de ello, y se fue al cuarto de los Leones donde estaba el falso Zegrí con treinta caballeros Zegríes y Gomeles, muy bien aderezados, y con ellos un verdugo; y al punto mandó llamar al Abencerraje, su alguacil mayor. Fue un paje, y le dijo que el rey lo llamaba.
El Abencerraje fue a su real llamado; y así como entró en la cuadra de los Leones, le asieron, y sin que pudiese hacer resistencia, en una taza de alabastro muy grande en un instante fue degollado.
Asimismo llamaron a Albín Hamete, el cual decían haber adulterado; y de esta suerte fueron degollados treinta y seis caballeros Abencerrajes de los más principales de Granada, sin que nadie lo entendiese; y murieran todos, si Dios nuestro Señor no favoreciese la causa, para que no murieran tan abatidamente, por dar crédito a un falso traidor, y sin haber más averiguación; y es muy cierto que sus obras no lo merecían, porque eran muy caritativos, y amigos de los pobres, y de la verdad, y de los cristianos; y aun dijeron los que miraban degollar a los Abencerrajes, que llamaban a Cristo crucificado que les socorriese en aquel lance, para que no se condenasen, y que morían cristianos.
Pues para que este linaje no pereciese, ordenó Dios que un paje de un Abencerraje entró con su señor, y vio como le degollaron, y miró a todos los muertos que él conocía, y luego se retiró hacia la puerta con mucha disimulación; y al tiempo que abrieron para ir a llamar a otro, salió el paje muy temeroso, y llorando la muerte de su señor.
Se salió del Alhambra, y junto a la fuente vio a Malique Alabez con Abenámar y Sarracino, que iban a hablar al rey; y como los vio, se llegó lloroso, y temblando y encogido, les dijo: