La linda Haja y la hermosa Celima se hincaron a los pies de Muza, y como quien tanto le amaba le dijo de esta manera:
—Señor mío, no me levantaré de vuestros pies hasta que me deis palabra de hacer en este negocio tanto que quede apaciguado, y el rey vuestro hermano en su posesión como de antes; que aunque ha procurado mi amistad, no teniendo respeto a la vuestra, no se ha de formar venganza estando el enemigo caído, ni se ha de dar mal por mal, sino porque de hoy más tengo cuidado de no ofenderos en esto ni en otra cosa alguna; en lo que os pido recibiré de vos muy grande merced.
Fátima, que sabía el grande amor que los dos se tenían, le pidió a Muza que le concediese a Celima lo que le pedía, y que no tuviese a sus pies a la que merecía la corona del mundo.
Muza que estaba transformado en mirar el adorno y nobleza que naturaleza dio a Celima, no advirtiendo que la tenía a sus pies con la hermosa Haja, las levantó del suelo, dándolas palabra de apaciguar el vulgo, y de poner al rey su hermano en la posesión del reino; con lo cual obligó a su dama a que le amase con más extremo.
Las damas echaron agua en el rostro de la reina, y de este modo volvió en sí llorando, y Muza la consoló dándola buenas esperanzas; y se despidió de ella y sus damas, y fue adonde estaba su padre y le dijo:
—Mande vuestra alteza pena de muerte al que no dejare las armas, y no se sosegare.
Luego mandó el rey que se pregonase así en el Alhambra y por toda la ciudad, y Muza mandó a la gente de guerra que se aquietasen, y a todos los demás se lo rogó.
Mediante esto se apaciguó el pertinaz motín y rebelión, teniendo unos intento de obedecer a Mulahacén, y otros al rey Chico.
Para esto ayudaban a Muza todos los más principales de Granada, y los linajes desapasionados, que eran Alabeces, Bencerrajes, Laugetes, Azarques, Alarifes, Aldoradines, Almoradís, Almohades y otros muchos caballeros de Granada.
De esta suerte fue todo apaciguado, y Muza rogó a todos que no quitasen a su hermano la obediencia, sino que Granada volviese al estado en que antes estaba; que si malos consejos no dieran al rey, nunca él mandara hacer lo que se hizo.