—Viva el rey Mulahacén, mi padre, que así lo quiere toda Granada.

Lo mismo dijeron todos los que iban con él; y diciendo esto entraron en el Alhambra y fueron a la casa real, y andándola toda no toparon al rey.

De aquí fueron al cuarto de los Leones, y vieron el estrago que habían hecho los Abencerrajes, Gazules y Alabeces en los Zegríes, Gomeles y Mazas; y Muza dijo:

—Si traición se hizo a los Abencerrajes, bien se han vengado, aunque la traición no tiene satisfacción.

Y pesándole de lo que había, salió de allí y se fue a la cámara de la reina, a la cual vio llorosa, acompañada de sus damas y de la hermosa Celima a quien Muza amaba tiernamente. La temerosa reina le preguntó a Muza:

—¿Qué vocería era aquella que sonaba en la ciudad y en el Alhambra?

—Cosas son del rey —dijo Muza—, que sin mirar más de su gusto, dio lugar y consintió una traición notable, ejecutada en los caballeros Abencerrajes, de quien siempre ha recibido muy grandes servicios, y en pago de ellos hoy ha muerto a treinta y seis dentro del cuarto de los Leones. Esto es lo que el rey mi hermano, vuestro marido, ha hecho, o permitido que se hiciese; por lo cual el reino tiene perdido, y él está, si parece, a punto de perderse, porque ya toda la gente de Granada, así caballeros como todos los demás estados, han recibido a mi padre el rey Mulahacén por rey y señor, y a esta causa anda el alboroto y motín que hay.

—Santo Alá —dijo la triste y afligida reina—, ¿que eso pase? ¡Ay de mí!

Y diciendo esto se cayó amortecida en los brazos de Galiana.

Todas las damas lloraban amargamente el caso doloroso que había sucedido, y lloraban a su triste reina puesta en tal calamidad.