Sobre estas guerras civiles
el reino van consumiendo,
hasta que el valiente Muza
en ello puso remedio.
Al fin por Muza, los alfaquíes, y por Reduán, Sarracino y Abenámar se apaciguaron las guerras, de suerte que con seguridad se podía andar por la ciudad.
Así parece que será bien tratar de la determinación de los Abencerrajes; y fue que un día se salieron a pasear, y con ellos los Alabeces y Aldoradines, y habiéndose consultado entre todos, acordaron de irse a volver cristianos, y servir al rey D. Fernando en las guerras que tenía contra Granada; y así para saber el gusto del rey D. Fernando, le avisaron del suyo por esta carta.
«A ti, invictísimo Fernando, rey de Castilla, ensalzador y observador de la fe de Jesucristo, salud, para que con ella defiendas y aumentes tus estados, y tu fe vaya adelante. Nosotros los caballeros Abencerrajes, Alabeces y Aldoradines, besamos tus reales manos, y decimos y hacemos saber que, siendo informados de tu gran bondad, deseamos de irte a servir, pues por tu valor mereces que todos los hombres te sirvan; y asimismo queremos ser cristianos, y vivir y morir en la fe católica que tú y los tuyos profesáis y tenéis. Para esto queremos saber si es tu voluntad de admitirnos debajo de tu amparo, y que estemos en tu servicio; y haciéndolo así te damos fe y palabra de servirte bien y lealmente, como fieles vasallos, en esta guerra que tienes contra Granada y su reinado; y te serviremos de suerte, que prometemos darte a Granada en tus manos, y la mayor parte de su reino. En esto haremos dos cosas: la una servirte a ti como a señor y rey nuestro, y por la otra trataremos de vengar la muerte de nuestros deudos, degollados tan sin razón por el rey Chico, a quien profesamos ya y reconocemos por odioso y mortal enemigo, y deseamos verle debajo de tu obediencia, y verte enseñoreado de este reino, como afirmamos que lo serás poniéndote a ello. Y con esto cesamos besando tus reales pies.—Los Abencerrajes.»
Escrita esta carta se la dieron a un cautivo cristiano, y con ella la libertad, encargándole el secreto; y una noche salieron de Granada con él, y le acompañaron hasta ponerle en seguridad, y le enviaron en paz; el cual con diligencia caminó sin detenerse hasta Talavera, donde estaba el rey D. Fernando, y en llegando a su real presencia hincó las rodillas en tierra, y habló, presentes todos los grandes, de esta manera:
—Muy poderoso y católico rey, columna y defensor de la Religión cristiana: sabrás, señor, que he estado seis años cautivo en Granada, donde he padecido muchos trabajos, aunque me los alivió Dios nuestro Señor por las limosnas que un caballero Abencerraje me ha hecho, por el cual y la voluntad de Dios, soy vivo y libre: este caballero fue una noche a la mazmorra donde yo estaba, y me trajo a su casa, y me quitó las prisiones y vistiome este traje moro. Salimos aquella noche de Granada él y yo, y otros dos caballeros, y me acompañaron hasta ponerme en tierra de cristianos, y dándome dineros para el camino, me dieron esta carta y me encargaron el secreto, y que la pusiese en tus reales manos. Dios ha sido servido de que llegase a tu real presencia; esta es, cumplo con mi obligación y promesa.
Y en besándola se la dio al rey D. Fernando, el cual la tomó y leyó para sí, y la dio después a Hernando del Pulgar, su secretario, para que la leyese públicamente; y siendo leída todos los grandes se alegraron grandemente en saber que aquellos caballeros querían ser cristianos, y servir al rey en las ocasiones de la guerra contra Granada, porque serían de mucha importancia para la conquista de aquel reino; y habiendo consultado el rey con los suyos, se acordó que respondiesen a la carta; y así que la escribió Hernando del Pulgar, se buscó mensajero conveniente para aquel secreto, y partió de Talavera; y llegando a la ciudad de Granada dio la carta al Abencerraje que dio libertad al cautivo, que se llamaba Alí Mahomat Barrax, el cual recibió la carta, y de secreto hizo juntar a todos los Abencerrajes, Aldoradines y Alabeces, y siendo juntos abrió la carta que decía así: