«Abencerrajes nobles, famosos Aldoradines, y fuertes Alabeces, recibimos vuestra carta, con la cual se alegró toda nuestra corte, entendiendo que de vuestra venida no puede resultar cosa dañosa, sino mucha virtud, porque sois de calificada sangre; y en particular nos hemos alegrado y dado infinitas gracias a nuestro Redentor Jesucristo, porque os ha traído al conocimiento de nuestra Santa Fe Católica, en la cual seréis del todo mejorados por la virtud de ella. Decís que nos serviréis en las guerras que tenemos contra infieles de nuestra religión: por ello os prometo doblados sueldos, y esta nuestra real casa tendréis por vuestra; porque entendemos que vuestro proceder lo merece. De Talavera donde al presente quedamos,—El rey D. Fernando.»

Grande fue el contento que recibieron todos los caballeros circunstantes, sabiendo la atención y merced que el rey D. Fernando se ofrecía a hacerles; y así acordaron de salir de Granada; y para hacer mejor su negocio, determinaron que luego fuesen los Abencerrajes a servir a D. Fernando, y que los Alabeces, Aldoradines, Gazules y Venegas quedasen en Granada dando orden a fin de que se le diese la ciudad y el reino; para lo cual los Alabeces escribieron a sesenta y seis alcaides, parientes suyos, que estaban en fuerzas importantes guardando el reino en el río de Almería y Almanzor, y Sierra de Filabres, haciéndoles saber lo que tenían acordado, y lo que le escribieron al rey D. Fernando, y lo que les fue respondido.

Todos los alcaides estuvieron bien en ello, y no hubo ninguno que lo contradijese, considerando las pesadumbres de Granada, y que en ella había tres reyes, y que cada uno quería mandar, de donde no podía resultar bien ninguno.

También escribieron los Almoradís, Venegas, y Gazules a parientes suyos, que eran alcaides en el reino, todos guardando el secreto, y alistados para cuando fuese tiempo.

Los Abencerrajes se despidieron de sus amigos y de toda la ciudad, y salieron de ella a medio día, llevando todo el oro, plata y joyas que tenían.

¿Quién podrá contar la lástima y el dolor con que todos los de la ciudad quedaron, viendo salir desterrados sin culpa a más de cien Abencerrajes? De antes lloraban a los degollados, ahora lloran a los que desamparan la ciudad; maldecían al rey Chico, y que no se lograse en el reino, maldiciendo a los Zegríes, causadores de tantas sediciones, muertes y destierros.

Solo se alegraron de la ausencia y destierro de los Abencerrajes, los Zegríes, Mazas y Gomeles, y celebraban su contento con el rey Chico, al cual decían mil lisonjas halagüeñas, dándole las gracias por lo que había hecho por darles gusto; y no faltó entre ellos quien dijo:

—¿Qué es esto Abdalí? ¿Así dejas salir a la flor de los caballeros de Granada? ¿No sabes que todo el común, y lo más granado de la ciudad estaba pendiente de la voluntad de estos nobles caballeros? No entiendas que a solos ellos pierdes, sino a otros muchos caballeros de prosapia, nobles y principales, guardadores y defensores de tu reino. Pues yo te certifico, que te ha de pesar muchas veces de los agravios que les has hecho, y los has de echar menos antes de mucho tiempo.

Bien conocía el rey ser notable el agravio que había hecho y hacía a los Abencerrajes; pero teníanle tapados los oídos las sirenas de los Zegríes, y no le despertaron los gritos, llantos, alaridos y voces que todos los de la ciudad daban por la ausencia y destierro de este virtuoso linaje.

Así salieron de Granada los Abencerrajes con gran dolor, por ver el sentimiento que aquella ciudad hacía de su ida. Salieron con ellos muchos ciudadanos, diciendo que adonde iban los Abencerrajes habían de ir ellos.