Los Zegríes tuvieron con Muza muchas proposiciones y respuestas de si se había de ejecutar o no la sentencia; y vista por el rey la disputa, dio quince días más de término a la reina, para que en el espacio de ellos señalase caballeros defensores; lo cual fue a mostrar Muza a la reina, por tener él solo licencia de hablar con ella; y entrando halló a la Sultana triste por ver su plazo ya cumplido, y por la ausencia de Galiana, aunque tenía consuelo con Celima.

Y sentándose Muza junto a la reina, la contó todo lo que había pasado, y cómo la habían dado quince días más de término para que nombrase quien la defendiese; que mirase a quien había de señalar, y lo dijese con tiempo antes que se pasase el término.

Sus bellas mejillas regadas con la inundación que por los hermosos ojos brotaba, dijo la reina:

—Nunca entendí que durara la terrible obstinación en el cruel rey, tu hermano y mi marido, y que tuviera ya entera satisfacción de mi lealtad e inocencia; y respecto de esto no he hecho ninguna diligencia en este caso, por saber de cierto que no he cometido el crimen de que me hace cargo, y por las revueltas y sediciones, bandos y guerras que ha habido; pero ahora que veo que la maldad pasa adelante contra mi casto pecho, yo buscaré quien dé entera satisfacción de mi honra, y castigo ejemplar a los falsarios. Yo determino de favorecerme de piadosos caballeros cristianos, porque de moros no quiero confiar un caso de tanta importancia; no por la vida, que no la tengo en nada, sino por no dejar tan fea mancha en el honor que con tanta integridad he guardado siempre.

Con estas palabras la reina aumentaba más su dolorosa pasión y llanto; y era tanto en abundancia, que enternecido el valeroso Muza se le vinieron las lágrimas a los ojos, y esforzándose dijo a la reina:

—No derrames esas perlas, bella Sultana: cesen vuestros llantos, que aquí me tenéis a vuestro servicio; yo os defenderé, y no moriréis aunque sea homicida del rey mi hermano.

Con esto se consoló un poco, y se resolvió de escribir a tierra de cristianos para que viniesen a defenderla algunos caballeros.

Celima estaba muy triste por la ausencia de su hermana Galiana; y despidiéndose de la reina se fue y la dejó sola en su retrete; la cual formando querellas de la variable fortuna, se quejaba diciendo:

Fortuna, que en lo excelso de tu rueda

con ilustrada pompa me pusiste,