en daño mío;
en Dios confío
que no triunfe de mí en aqueste hecho,
pues no verá partirme el duro pecho.
Estas y otras lastimosas cosas decía la afligida Sultana con intento de romper sus transparentes venas para desangrarse; y resuelta en darse este género de muerte, llamó a Celima y a una doncella cristiana, llamada Esperanza de Hita, que la servía, la cual era natural de la villa de Mula; y llevándola su padre y cuatro hermanos a Lorca a desposarla, fueron salteados de moros de Tirieza y Jaquena; y defendiéndose los cristianos, mataron más de dieciséis moros; y siendo mortalmente heridos los cristianos, cayeron muertos los caballeros. La doncella fue cautiva y presentada al rey, y él la dio a la reina por ser hermosa y discreta.
Venidas Celima y Esperanza al llamado de la reina, les dijo:
—Celima bella, discreta Esperanza, aunque tu buen nombre no me la da en mi pena, ya sabes la injusta prisión mía, y cómo se ha pasado el término en que había de dar caballeros que me defendieran; aunque respecto de estas guerras que ha habido, me ha dado el rey quince días de término más, cuando entendí que estaba arrepentido en su yerro, y seguro de mi castidad. El tiempo es breve, y no sé a quien encargue este negocio. Sabed que tengo acordado de darme yo misma la muerte, y será abriéndome las venas de los brazos, y que vayan destilando la sangre que me alimenta. Elijo esta muerte, porque los traidores Zegríes y Gomeles no me vean morir: solo una cosa os ruego, por ser lo último y postrero, y es que al punto que acabe de expirar (tú, Celima, sabes dónde entierran los cuerpos reales), abráis los antiguos sepulcros, y allí pongáis mi cuerpo, aunque desdichado; y tornando a poner las losas como de antes estaban, me dejéis, callando el secreto, el cual encargo a las dos; y a ti, Esperanza, te dejo libre, que eres mía: tomarás mis joyas para tu casamiento; y cásate con quien te estime, y escarmentad en esta desdichada reina. Lo que os he rogado, os vuelvo a pedir de nuevo, y no me faltéis en nada, porque con eso moriré contenta.
Y no cesando de llorar tomó un cuchillo de su estuche, y alzándose la manga de la camisa se iba a herir; mas Esperanza de Hita la tuvo el brazo llorando amargamente, y con amorosas y blandas palabras la consoló con las razones siguientes:
«Hermosísima Sultana, no te aflijas,
ni a las lágrimas des tus lindos ojos,