Atenta estuvo a todas estas cosas Celima, y enternecida en lágrimas viendo así llorar a la reina, y determinada de seguir los mismos motivos, y de tornarse cristiana, con amorosas palabras dijo a la reina:
—No imagines, hermosa Sultana, que aunque tú te vuelvas cristiana, yo dejaré de seguir tu compañía, para que de mí sea lo que de ti fuere: yo también quiero ser cristiana, porque entiendo que la fe de los cristianos es mucho mejor que la mala secta que hasta ahora hemos guardado del falso Mahoma. Y pues todas estamos en un mismo parecer, si se ofreciere, moriremos por Jesucristo y conseguiremos vida eterna.
La reina escuchaba con el entrañable amor que decía aquellas palabras Celima, y echándola los brazos, la abrazó, y dijo a Esperanza:
—Ya que habemos acordado de ser cristianas, ¿qué haremos para salir de aquí? Aunque mi salida quisiera que fuera para recibir martirio por Cristo y ser bautizada con mi misma sangre.
A lo cual respondió Esperanza:
—Visto, señora, tu buen propósito, te daré buen consejo para que quedes libre de esta falsedad que te levantan. Sabrás, reina y señora, que sirve al rey D. Fernando un caballero que se llama D. Juan Chacón, señor de Cartagena, el cual está casado con Doña Luisa Fajardo, hija de D. Pedro Fajardo, adelantado y capitán general del reino de Murcia: es muy valiente el D. Juan Chacón, y muy amigo de hacer bien a todos los que poco pueden. Escríbele, señora, que yo sé que si le pides su favor, que no te le negará, porque es muy piadoso, y luego buscará amigos que vengan con él a librarte; y entiendo que cuando ninguno le quiera acompañar, que él solo vendrá; porque te certifico que es de esfuerzo extremado, y dará fin a tanta desventura como tienes, y nos aliviará en nuestra gran pena, causada de la tuya y de tu cruel prisión.
—Pues tan buen consejo me diste —dijo la reina— para lo más importante, que no fue de menos que ganar un alma perdida, no dejaré de tomar tu consejo, que es para lo menos, por ser libertad del cuerpo, y al momento me pondré a escribir a este caballero.
Y dándole recado escribió una carta a D. Juan Chacón, que decía así:
«La infeliz y desdichada Sultana, reina de Granada, del antiguo y claro Moraicel hija; a ti, D. Juan Chacón, señor de Cartagena, salud para que con ella, ayudado de Dios nuestro Señor y de su santísima Madre, puedas darme el favor que mi gran necesidad te pide, en la cual muy grandemente estoy puesta por un testimonio que me han levantado unos traidores caballeros, que son Zegríes y Gomeles, diciendo que violé con varón ajeno el aposento real de mi marido, y que delinquí con un noble caballero llamado Albín Hamete, Abencerraje; lo cual ha sido causa e instrumento para que los caballeros Abencerrajes fuesen degollados sin tener culpa; y no obstante esto, haber por ello en aquesta desdichada ciudad guerras civiles, de las cuales se han seguido muchas muertes de caballeros; y lo que más siento es que haya puesto dolo en mi honra, tan sin culpa, y que si en espacio de quince días no doy quien defienda mi honor, se ha de ejecutar en mí la sentencia en que estoy condenada, que es a morir quemada; y avisándome una cautiva cristiana de tu valor, esfuerzo, piedad, virtud y bondad, acordé de favorecerme de ti, pues eres padre de necesitados, y vengador de agravios. Mi necesidad es grande, pues soy mujer sola, desconsolada y triste; mi agravio es el mayor que en el mundo se ha hecho, pues se han atrevido traidores a poner mácula en mí, y a levantarme tal testimonio; lo que jamás imaginé. Yo estoy afrentada y en el peligro dicho: si no me socorréis soy perdida. No me neguéis vuestro favor, pues encomiendo en vuestras manos mi honra; y si por ser yo infiel no me queréis favorecer, consideraréis que no lo soy, sino que creo en Dios todopoderoso, y en la Virgen Santa María, su madre, en quien confío me alcanzaréis gloriosa victoria de mis enemigos, con la cual quedará libre mi honra y se sabrá la verdad cierta; y confío que os doleréis de esta desconsolada reina: no más. De Granada, etc.—Sultana, reina de Granada.»
Acabada de escribir la carta, se la leyó la reina a Celima y a Esperanza, de que se holgaron mucho viendo su buen parecer, y cerrada y sellada, y puesto el sobrescrito, enviaron a llamar a Muza; y venido, le rogó la reina y Celima que enviase con un mensajero fiel aquella carta, y Muza lo prometió así; y aquel día despachó con la carta un hombre de confianza; y llegando a la corte dio la carta a D. Juan Chacón, y leída respondió a la reina Sultana, consolándola con palabras muy eficaces en una carta del tenor siguiente: