—Yo el segundo —dijo D. Alonso de Aguilar—, porque estoy condolido de su desgraciada suerte, y al fin es agravio feo en mujer noble.

El alcaide de los Donceles dijo:

—Pues yo fuera el tercero, porque considero la aflicción en que estará puesta; y aunque es mora, debemos los caballeros deshacer agravios hechos a personas de tal calidad, y nunca los cristianos perdemos la buena obra que hacemos.

—Sepamos, señores —dijo D. Juan Chacón—, qué cosa incierta halláis para que la reina no sea favorecida en este caso.

—Dos cosas lo impiden —dijo D. Manuel—: la una, ser mora Sultana, aunque no hago mucho reparo en esta; la otra, porque no podemos ir sin licencia del rey nuestro señor.

Dijo el alcaide de los Donceles:

—Eso es lo menos, porque sin ella podemos ir de secreto.

—Pregunto —dijo D. Juan Chacón—: ¿si la reina Sultana escribiera a uno de los que estamos aquí, pidiendo favor y ayuda en una necesidad como la que tiene, y que quiere ser cristiana, aunque aventure la vida, dejaría de ir a la batalla?

Respondieron todos, que mil vidas que cada uno tuviera, las emplearía en un caso tan honroso.

Muy alegre con la respuesta metió la mano en el pecho D. Juan Chacón, y sacó la carta diciendo: