—Por esa veréis cómo me hace cargo la reina de la satisfacción de su honor, y me pesa de que en particular me señale, habiendo en esta corte tanta flor de caballeros. Avisé de ir con otros tres caballeros si los hallo, y si no iré solo a tener batalla con los cuatro moros, que yo confío en Dios y en la inocencia de la reina, que alcanzaré victoria; y si la fortuna me fuere adversa y muriere en la batalla, yo la tendré por dichosa muerte.
Habiendo leído la carta de la Sultana los tres caballeros, y viendo como decía en ella que quería ser cristiana, y de la deliberada determinación del señor de Cartagena, dijeron que ellos le acompañarían en aquella ocasión; y así ordenaron de partirse sin licencia del rey, y sin dar cuenta a nadie.
El andaluz, astuto guerrero, alcaide de los Donceles, dijo que sería bien que fuesen en traje turquesco, porque en Granada no fuesen conocidos de algunas personas, especialmente de los cautivos.
Todos dijeron que era acertado aquel parecer; y así aderezaron ricas libreas a lo turco, y previniéndose de armas y caballos, y de todo lo necesario para su viaje, partieron de Talavera sin escuderos por ir más encubiertos; dejaron dicho en sus posadas que iban a montería.
En todo el camino no entraron en poblado: en campaña dormían, y en las ventas compraban su menester; y así llegaron a la Vega dos días antes que se cumpliese el plazo, y entraron en el Soto de Roma, donde con quietud descansaron todo un día, y estuvieron la noche a orilla del fresco Genil; y la mayor parte de ella trataron del orden que habían de tener para conseguir el efecto de aquella batalla.
Venida la mañana, alegres se alistaron para ir a Granada, y se pusieron sobre las fuertes armas las vestiduras turquescas; y subiendo en sus caballos salieron a lo raso de la Vega, por donde se iban poco a poco acercando a Granada, mirando a todas partes, y alegrándoles su muy hermosa vista, y la diversidad de riberas, huertas, cármenes y jardines, que les parecía un paraíso terrenal.
Y no se admire el lector del encarecimiento, porque puede creer que no hay maceta de claveles ni de albahaca regalada y cultivada en casa de los señores, como los moros tenían cada palmo de tierra, aun en los cerros, como hoy día aparecen muchas ruinas; y así les producía la tierra que era maravilla; y puede considerarse su mucha fertilidad, porque un año antes que se ganara Granada, sustentaba ciento y ochenta mil hombres de pelea, sin viejos, niños y mujeres.
Yendo, pues, los famosos caballeros a Granada, atravesando por la Vega dieron en el camino de Loja, por el cual vieron venir muy apriesa a un caballero moro, que parecía ser de valor por su buen talle y librea.
Era la marlota de damasco verde con muchos tejidos de oro, y plumas verdes, blancas y azules. En medio de la adarga blanca estaba pintada un ave fénix, puesta sobre unas llamas de fuego, y una letra en círculo que decía: Segundo no se halla. El caballo era bayo, cabos negros, y en la gruesa lanza puesto un pendoncillo verde y rojo.
Parecía tan bien el moro que dio grandísimo contento su vista a los caballeros, y le aguardaron a que llegase, y en llegando les saludó en arábigo, y el alcaide de los Donceles le respondió en el mismo lenguaje.