El moro detuvo su priesa, y mirando la buena postura y talle de los cuatro caballeros, les dijo así:

—Aunque la priesa que llevo es grande, y la gravedad de mi cuidado no requiere dilación, el deseo de saber, si gustáis de decir quién sois, me obliga a detener las riendas, porque caballeros como vosotros son muy peregrinos en esta tierra, y no solemos ver semejantes galas sino en caballeros o embajadores que vienen de la parte del mar Líbico a tratar algo con el rey de Granada, aunque es verdad que no traen el apercibimiento de armas que parece tenéis debajo de las marlotas, ni caballos tan ligeros de guerra; y si gustáis de que vamos juntos, seré contento en llevar tan buena compañía, y no me neguéis quien sois, por lo que debéis a ley de caballeros.

Don Juan Chacón le respondió en turquesco, que eran de Constantinopla. Pero el deseoso moro no le entendió, y así dijo:

—No entiendo esa lengua, hablad en arábigo pues sabéis.

Entonces respondió el alcaide de los Donceles en algarabía:

—Nosotros somos de Constantinopla, de nación jenízaros, y tenemos sueldos del Gran Señor cuatrocientos de nosotros que estamos de guarnición en Mostagán; y como tenemos noticia de que en estas fronteras hay muchos cristianos de admirables fuerzas, venimos con intención de probar las nuestras con las suyas, aunque nos han certificado de que recibís notables daños cada día de ellos. Desembarcamos en Adra, y andamos mirando esta vega, que es la mejor que hay en el mundo, a nuestro parecer; y entendiendo de hallar algunos cristianos para escaramucear con ellos, no hemos topado ninguno; y así vamos a ver la nombrada y gran ciudad de Granada, y besaremos las manos al rey, y luego nos volveremos a embarcar en nuestra fragata, y nos iremos la vuelta de Mostagán; esta es la verdad de lo que habéis preguntado. Y pues ya habéis satisfecho vuestro gusto, nos le daréis en decirnos quien sois, que no menos deseo tenemos de saberlo, que el que vos manifestasteis tener de saberlo de nosotros.

—A mí me place —dijo el moro— de daros cuenta de lo que me pedís; pero caminemos, y en el camino os daré larga cuenta de lo que deseáis saber.

—Vamos —dijo D. Alonso de Aguilar; y diciendo esto caminaron muy apriesa, y el enamorado Gazul comenzó a contar su historia en esta manera:

—Sabed, señores caballeros, que a mí me llaman Mahomad Gazul, que soy natural de Granada y vengo de Sanlúcar, porque allí está la prenda más querida y más amada que tengo en esta vida; mi hermosa dama, llamada Lindaraja, del linaje de los nobles caballeros Abencerrajes. Ausentose de Granada respecto a que el rey de ella mandó que saliesen desterrados los Abencerrajes, sin culpa, habiendo ya degollado a treinta y seis caballeros de ellos, que eran la flor de todo el reino. Esta fue la causa que movió a mi señora a salir de Granada; y se fue a Sanlúcar en casa de un tío suyo, y yo la acompañé. Con la vista de mi señora vivía contento, y ahora no lo estoy. Supe en Sanlúcar como los Abencerrajes se habían tornado cristianos y servían al rey D. Fernando, y que en Granada había grandes alborotos y guerras civiles, y la reina Sultana estaba presa en juicio de batalla; y como soy de su parte y todos los de mi linaje, vengo para ser uno de los cuatro caballeros que han de defender a la reina, siendo hoy el postrero día del plazo; y por tanto demos priesa porque no llegue yo tarde, y con esto he cumplido mi promesa, y os he dicho el hecho de la verdad.

—Por cierto, señor caballero —dijo D. Manuel Ponce—, que nos habéis admirado, y a fe de caballeros, que me holgaría que la señora reina quisiese que nosotros cuatro fuésemos señalados para su defensa, que por su alteza hiciéramos todo lo posible hasta perder las vidas.