—Pluguiese al santo Alá que en vuestros brazos poderosos pusiera la restitución de su honra la reina, que bien entiendo que estaba segura la victoria, y tengo de hacer las diligencias posibles para que os señalen, aunque he oído que no quiere encomendar la reina su causa a moros, sino a cristianos.

—Cuando eso sea —dijo D. Manuel Ponce— no somos moros, sino turcos; de nación jenízaros, hijos de cristianos.

—No decís mal —respondió Gazul—, que por esta vía sería posible que la reina os escogiese para su defensa.

—Dejando esto aparte —dijo D. Juan Chacón—, señor Gazul, ¿qué caballeros cristianos son los de más fama, y que más daño hacen en este reino?

Respondió Gazul:

—Los que nos corren la Vega muy a menudo, y a quien temen los fronterizos de esta comarca, son D. Manuel Ponce de León, y a D. Alonso de Aguilar, y a Gonzalo Fernández de Córdoba, alcaide de los Donceles, y a Portocarrero, y a D. Juan Chacón, y al gran maestre. Estos caballeros son asombro de esta tierra, y sin aquestos hay otros muchos caballeros en la corte del rey D. Fernando, que nos destruyen por momentos.

—Mucho nos holgáramos de vernos con esos caballeros —dijo D. Alonso de Aguilar.

—Pues a ley de moro hijodalgo, —respondió Gazul—, que habíais de hallar un Marte en cada uno de los ya nombrados, y en Granada os contaré cosas que han hecho, que os pongan espanto.

—Mucho nos alegraremos de oírlas, por tener que contar en nuestra tierra —dijo D. Manuel, y caminaron apriesa.

Dejarémoslos hasta su tiempo, por tratar lo que pasaba en la ciudad de Granada a esta sazón.