En la primera parte inserta la cronología de los reyes de Granada bajo el dominio de los moros, el nombre de los pueblos de su jurisdicción, y el de las familias más distinguidas del Estado; describe los palacios, jardines, mezquitas, y obras más suntuosas de la capital; y después introduciéndonos en ella, reinando Boabdilín, su último soberano, nos revela los amores, celos, intrigas y competencias de las damas y caballeros más principales de la Corte; nos acompaña a sus saraos, juegos y regocijos; nos declara sus bandos y parcialidades, y nos lleva a ver sus escaramuzas y desafíos.
Pinta a Boabdilín ingrato a su virtuoso padre Mulahacén; crédulo, alucinado, e inicuo contra su esposa, a la cual en fuerza de un grosero chisme urdido por los vengativos Zegríes, sus cortesanos, acusa del crimen de adulterio, poniéndola en la necesidad de encontrar quien venza en singular batalla a sus cuatro furibundos acusadores, o perder su honor y la vida en las llamas; cruel con los generosos Abencerrajes, que consiente sean degollados uno a uno por sus émulos en la cámara de los Leones; atroz con su hermana Moraina y dos inocentes hijos de ella, a quienes asesina por su propia mano, y en fin aborrecible por su tiranía a todos los granadinos.
En este cuadro, alrededor del trono sobresale el valeroso Muza, hermano natural del rey, como el más cumplido caballero de la corte mora; campea el gallardo Malique Alabez, de prosapia real, entre una familia numerosa de héroes; brilla el espléndido Abenámar, mantenedor en el juego de cañas y de sortija como el más diestro entre todos los competidores; el esforzado Reduán sorprende y admira, el adusto Albayaldos estremece, el intrépido Gazul interesa, y el sensible Zaide enamora.
Pero de cuando en cuando aparece en esta magnífica escena la flor de los caballeros cristianos, que eclipsa toda la gloria de tan insignes varones.
Los muy ilustres maestres de Calatrava y de Santiago D. Rodrigo Téllez Girón, y D. Manuel Ponce de León, duque de Arcos, vencedor el primero de Muza, Albayaldos y Aliatar, y el segundo del gallardo Malique Alabez, y de Alí Hamete Zegrí, acusador de la reina; el alcaide de los donceles D. Diego Fernández de Córdoba, cortesano tan galán como adalid valiente; el robusto D. Juan Chacón, señor de Cartagena, que de una cuchillada cortaba a cercén el pescuezo a un toro; el esclarecido Portocarrero, señor de Palma, y el desgraciado D. Alonso de Aguilar se llevaban la palma en todos los juegos, y en todas las lides y escaramuzas.
El profundo sentimiento de esta superioridad, comprobada por el mal éxito de sus últimas empresas militares, hacía mirar a los moros su gobierno con menosprecio, y hasta la religión propia con desconfianza o indiferencia.
Dividida en bandos, y agitada por la ambición y los celos la nobleza, a cada paso sus parciales tomaban las armas unos contra otros, se alteraba la tranquilidad pública, y con el más leve motivo se vertía la sangre de los primeros campeones en duelos y batallas singulares, cuando eran más necesarias la unión y concurrencia de todas las fuerzas del Estado para atajar los rápidos progresos de las armas cristianas.
La expulsión de los Abencerrajes que se habían salvado del degüello de la Alhambra, agregó el cuerpo más gallardo de la caballería mora al poder ya tan formidable del enemigo; y sirviendo desde entonces la deserción de ejemplo a las demás familias nobles exasperadas, quedó sin apoyo la independencia de la nación, y la capital casi desierta de defensores.
En fin llegaron a su mayor auge el desorden y la confusión cuando Granada presentó al mundo el inaudito y escandaloso espectáculo de tres reyes aspirantes al poder supremo dentro de sus murallas: Boabdilín sostenido siempre por los Zegríes, Mazas, Gomeles, y Laugetes; Mulahacén restaurado por los Abencerrajes, Gazules, Alabeces y Venegas, y el gobernador Abdalí proclamado por los Almoradís, Almohades y Marines.
Cada uno de estos tres obcecados príncipes tenía allí su palacio y corte a parte; tropas, vasallos, y aun templos para hacer oración, diferentes: cada uno de ellos, por afianzar la posesión de aquel simulacro de soberanía, negociaba secretamente con el enemigo común, ofreciéndole en pago de su asistencia y protección los tesoros propios, y las plazas, villas y lugares que se habían declarado por ellos.