De este modo unos señores, tan poderosos y políticos como los Reyes Católicos, asistidos de los mejores capitanes que hubo jamás en Castilla, y viniéndoseles, digámoslo así, la presa a las manos, acabaron sin grande esfuerzo la conquista del estado granadino, y extinguieron la larga dominación de los árabes en la Península.

Aquí concluye la primera parte.

En la segunda se abre una escena muy distinta, pero no vacía de instrucción, ni de interés. Llegamos a otros tiempos, y encontramos otros hombres y otras costumbres.

La elación del ánimo, derivada de las riquezas y del manejo del poder, moviendo celos y enemistando a las familias principales del estado granadino, produjo las primeras guerras civiles, que le condujeron a su ruina: la miseria y desesperación, hijas de la opresión y la violencia, abortaron las guerras segundas, que extinguieron las últimas reliquias de los moros en España.

Después de la conquista de Granada habían pasado setenta y siete años, llevando los moros al cuello con harta mortificación el grave yugo que les echaron sus vencedores.

Sufrían la poca observancia de las promesas que les fueron hechas al tiempo de su rendición; el sucesivo despojo de sus tierras; el abandono forzoso de su culto, la exacción de crecidos tributos, fardas y prestaciones, y sobre todo esto el menosprecio general; pero estando ya llenas las medidas, y tratándose todavía de impedirles el uso del idioma y traje nacionales, se alzaron todos, decididos a morir o mejorar de suerte.

Con disimulo y bastante habilidad averiguaron el número de hombres aptos para las armas que quedaban de su raza, nombraron rey a un descendiente de sus soberanos antiguos; pidieron auxilio de armas y tropas a sus progenitores de Asia y África, y levantaron el estandarte de la rebelión refugiándose en la aspereza de las Alpujarras.

Temeraria y de mal éxito sin duda era entonces la empresa de los moros, luchando con el poder colosal de Felipe II; pero también causa pesadumbre el ver qué esfuerzos y cuánta sangre les costó ahogarla a los cristianos.

Precedido de hábiles negociadores, el famoso conde de Tendilla, marqués de Mondéjar, fue el primer general que envió el rey con un ejército de veinte mil hombres, contra los rebeldes; mas dice nuestro historiador, testigo ocular, que una mitad por lo menos de esta brava gente se componía de asesinos y ladrones, los cuales sabiendo que algún pueblo de moriscos se había sometido, y fiaba su seguridad del salvo-conducto que le daba el marqués, se escapaban del real por la noche, y le asaltaban, y mataban y saqueaban a sus moradores, llevándose a las mujeres para gozarlas, y después venderlas como esclavas.

No es extraño pues que una conducta tan atroz y desenfrenada exasperase los ánimos de los sediciosos, en lugar de calmarlos, y que a poco tiempo perdiera el general en esta guerra su ejército y la reputación.