Preséntase luego en la lid el esclarecido D. Luis Fajardo, marqués de los Vélez y adelantado de Murcia, con sus valerosos tercios; pero estos se ensangrientan demasiado en la villa de Félix, y sus crueldades posteriores en Huéscar hacen imposible la reconciliación.

Los dos héroes cristianos batallan con los moros por dos puntos diferentes, obran prodigios de valor, se cubren de gloria saliendo victoriosos en casi todas las acciones marciales, y con todo eso no adelantan: sus tropas en varios encuentros y sorpresas de convoyes se disminuyen mucho, al paso que cunde el número de los enemigos; vienen sucesivamente con refuerzos considerables el marqués de la Favara, y el comendador mayor de León D. Luis de Zúñiga y Requesens, y todavía la guerra se prolonga, zozobrando ya el crédito de la orgullosa corte; el hercúleo D. Luis Fajardo, cuya ponderosa lanza apenas podía sustentar al hombro un soldado robusto cuando él la manejaba como un mimbre, después que, entre otras proezas, con poca gente, y la mayor parte enferma, hizo alarde de su esfuerzo y talento militar rechazando a los moros, que con todo su poder reunido le atacaron en Berja, se estanca en el sitio de Galera, y no puede pasar adelante; en fin dura el conflicto cerca de tres años, y es preciso que el ínclito D. Juan de Austria, hijo del emperador D. Carlos, salga de Granada con diez mil infantes y mil caballeros, asistido del valeroso duque de Sesa con otra tanta fuerza, y que a estos dos ejércitos nuevos se reúnan las reliquias de todos los anteriores, para salir de tamaño empeño, y forzar a los rebeldes a deponer las armas e implorar la real clemencia.

Conteniendo este libro la descripción de muchas batallas, asedios y entradas de los pueblos a viva fuerza, en que se derramaba por una y otra parte tanta sangre humana, su lectura no puede ser tan apacible, como la del anterior: con todo eso abunda de episodios interesantes, como el razonamiento del Purchení al marqués de Mondéjar estando este con su campo en Órgiva; la muerte del capitán Álvaro de Flores; la prisión del moro Albexarí, y sus amores con Almanzora; las fiestas celebradas en Purchena de orden de Muley Abenumeya; el canto profético de la mora, natural del Deire; los celos, conspiración y venganza de Benalguacil contra el rey moro, por haberse apoderado de su prima Zahara; la historia del Tuzani, y de cuanto hizo para encontrar y matar al asesino de la hermosa Malhea que pereció en Galera; la muerte y las exequias de D. Luis de Quijada, ayo del Señor D. Juan de Austria, y el fin trágico del virtuoso Habaquí.

Últimamente enamoran la humanidad, el candor y la firmeza de carácter de Ginés Pérez de Hita, cuando al acabar su obra pinta patéticamente los sentidos lamentos de los moriscos al ser arrancados de sus tierras, y llevados por fuerza a Castilla y a la Mancha; censura esta impolítica y cruel resolución de Felipe II, faltando a lo que se había prometido por su augusto hermano a los moriscos, los cuales antes murieran de mil muertes, que rendir las armas, ni haber hecho las paces, si hubiesen sabido que no serían cumplidas las capitulaciones; y añade, que más valiera no haberlos sacado del reino de Granada, por lo mucho que en esto habían perdido S. M. y todos sus demás estados.

Y ¿quién fue Ginés Pérez de Hita? De su persona y vida no tenemos más noticias, que las que él propio dejó consignadas en esta obra. Dijo ser vecino de la ciudad de Murcia, lo cual no prueba que naciese en ella; pero parece que a lo menos fue de la provincia, no solo por su domicilio, sino porque no pierde ocasión de levantar a las nubes el valor de los tercios murcianos. Militó en esta última guerra contra los moriscos bajo las banderas del marqués de los Vélez, y no sabemos que saliera de la clase de simple soldado.

Censurando la rapacidad invencible de sus camaradas, manifiesta mucho candor cuando confiesa que algunas veces, llevado él propio de tan mal ejemplo, salía a robar en los pueblos de los moriscos sometidos; y demuestra que tenía mejores entrañas que los feroces guerreros de aquella época, contándonos cómo había recogido en la atroz matanza de Félix a un niño que encontró mamando al pecho sanguinoso de su madre asesinada, y le entregó a otra morisca para que le criase; gloriándose tanto de esta acción misericordiosa, como de haber amparado y salvado de la muerte a más de veinte mujeres.

Finalmente se infiere que escribió, o a lo menos dio a luz, alguna otra obra distinta de la presente, por la expresión que hallamos al fin de la historia del Tuzani, donde dice que vio y habló a este en Villanueva de Alcardete, viniendo a Madrid a cobrar un privilegio para un libro suyo, cuyo título no declara.

¿Y es Ginés Pérez de Hita el verdadero autor de las Guerras Civiles de Granada?

En cuanto a la primera parte, si hemos de creerle a él propio, «la escribió en arábigo un moro, natural de la ciudad de Granada, llamado Abenhamín, que pasó luego a África y murió en Tremecén, dejando allí hijos, y un nieto muy hábil, llamado Argutarfa, el cual recogió todos los papeles de su abuelo, y entre ellos encontró este libro, que estimó mucho por tratar la materia de Granada, y se le prestó a un judío, llamado Saba Santo, quien le sacó en hebreo por su contento, y el original arábigo le presentó a D. Rodrigo Ponce de León, conde de Bailén. Que este señor, por saber lo que contenía, y por haberse hallado su abuelo y bisabuelo en aquellas conquistas, rogó al judío que le tradujese en castellano, y después el conde le hizo a Hita la merced de dársele.» Esto dice en las páginas 412 y siguiente de la primera parte, sin embargo de que en la portada del mismo libro se expresa que él la tradujo al castellano, y no el judío Saba Santo.

Lo que por el contexto de la obra parece más cierto es, que ni el uno ni el otro hicieron una traducción literal de la obra arábiga; pues no es creíble que un moro hablase con tanta parcialidad a favor de los cristianos, ni que la hubiese adornado de los hermosos romances castellanos que la acompañan, cuando muchos de ellos fueron escritos después de la conquista de Granada, ya entrado el siglo XVI.