Mas así como vio a Muza acompañado de aquellos caballeros que con él venían, luego presumió a qué era su venida, con la cual sintió alguna turbación y pesadumbre, y con ánimo varonil hizo en esto la resistencia que pudo, porque no se entendiera su flaqueza.
Muza y los caballeros, así como vieron a la reina y a Celima, hicieron el debido acatamiento, y dijo Muza:
—Grande ha sido el descuido que vuestra alteza ha tenido en nombrar caballeros, siendo hoy el último día que tenéis de plazo: ¿qué determináis?
—No tengáis pena —dijo la reina— que yo confío en Dios que hoy se ha de saber la verdad de mi sincero pecho, y que no han de salir con su mala intención los falsos acusadores, y que tengo de triunfar de ellos; y cuando Dios se sirva que por mis pecados sean vencidos mis defensores, y en mí sea ejecutada la sentencia que contra mí se ha pronunciado, yo partiré contenta de esta vida mortal para gozar de la eterna.
Muza no entendió el secreto de las palabras, y así dijo:
—Yo he querido que siga aqueste juicio de vuestra alteza por justicia, por causa de algunas presunciones de gente ignorante y de poca experiencia, aunque debéis mucho a todos, porque cada uno siente vuestra pena como si fuera suya propia; y porque se acrisole y apure más el oro de vuestra castidad, y porque sean castigados los traidores que la han deslustrado. Así, señora, sabed que venimos por vuestra alteza estos caballeros y yo, que somos jueces de vuestra causa, y todos siervos vuestros, y haremos lo que debemos. Podréis luego señalar caballeros, que cien mil hay que os desean servir en esta ocasión tan honrosa. Vuestra alteza venga a la plaza y Celima también, porque haya buen suceso.
—Vamos —dijo la reina—, y venga conmigo Esperanza, que es mucho el amor que la tengo, y ha sentido mucho mi afrentosa prisión y tristeza, y será bien goce del contento, como confío en el poderoso Dios que nos le ha de dar con el triunfo de la victoria.
Y diciendo esto se entraron todas en el retrete y se vistieron de negro, y en saliendo del aposento dijo la angustiada reina al valeroso Muza:
—Mucho contento recibiré en que si mi desdicha fuere tanta que mis valedores sean vencidos, que todo lo que hay mío en este aposento se le dé a Esperanza, y libertad, porque esta es mi última voluntad por lo bien que me ha servido.
No pudo sufrir la reina las lágrimas, diciendo estas palabras; y lloraba con tanta tristeza y dolor de su afecto, que movió los varoniles pechos a acompañar su llanto; y dándole Muza la mano salieron fuera del Alhambra adonde estaba una litera, y entraron dentro de ella la reina, Celima y Esperanza.