Allí estaban para irla acompañando, vestidos de luto, muchos caballeros de los Alabeces, Gazules, Aldoradines, Venegas, Almohades, Marines, y otros muchos linajes, y debajo de las marlotas y albornoces negros llevaban muy fuertes armas, con intento de romper aquel día con los Zegríes, Gomeles y Mazas, por si fuese necesario; y si no fuera por la honra de la reina, sin duda aquel día se perdiera Granada.

Y así recelosos los Zegríes, Gomeles, Mazas, y los de su bando llevaban armas fuertes debajo de sus marlotas y alquifaes por si sus contrarios les quisiesen acometer.

No se vio jamás Granada en sus guerras y trabajos tan a pique de perderse como aqueste día; pero quiso Dios que sin escándalos ni guerras se acabase aquel negocio.

En llegando a la calle de los Gomeles salían a los balcones y ventanas dueñas y doncellas llorando amargamente a la desventurada reina; de suerte que a sus llantos y gritos se movió toda la ciudad a compasión, y maldecían al rey y a los Zegríes a grandes voces. De esta manera entró la litera en la calle del Zacatín, donde más se aumentaron los sollozos, suspiros y vocería.

Llegada la caballería y la reina a la plaza, fue puesta la litera junto al tablado. Muza y los otros dos jueces sacaron a la desconsolada reina Sultana, a Celima y a Esperanza de Hita, y las subieron al enlutado tablado por unas ventanas de una casa, y en el tablado había un estrado de paños negros y bastos.

Allí se sentó la reina muy afligida y llorosa, por ver que en pública plaza había de ser juzgada, y junto a ella sentó a Celima, y a sus pies a Esperanza de Hita; allí fueron los llantos, allí fueron los gritos de hombres, niños, damas y doncellas, que no pudieran ser mayores los de Roma y de Troya cuando se veían quemar sin tener remedio.

Todas las ventanas, balcones y azoteas estaban llenas de gente, y en la plaza había grandísima multitud, y todos no cesaban de llorar y de hacer gran sentimiento viendo las lágrimas que derramaba la reina, su doncella y su esclava.

A un lado del tablado en otro estrado se sentaron los jueces para juzgar la causa, y de allí a poco espacio se oyeron veinte trompetas de guerra, y mirando lo que era vieron venir a los cuatro acusadores de la reina que venían armados y puestos a punto de batalla, y en muy poderosos caballos.

Traían sobre las armas marlotas verdes y moradas, pendoncillos y plumas del mismo color. Traían en las adargas unos sangrientos alfanjes con una letra en torno, que decía: Por la verdad se derrama.

De aquesta forma llegaron los cuatro mantenedores de la maldad, acompañados de los Zegríes, Gomeles y Mazas, y de todos los demás de la parcialidad, hasta llegar a un grande y espacioso palenque que estaba hecho junto al tablado.