Era tan grande como una carrera de caballo, y muy ancho; y abierta una puerta del palenque entraron los cuatro caballeros acusadores, que eran Mahomad Zegrí, el caudillo de la traición, Hamete Zegrí, Mahandón Gomel y Mahandín. Así como entraron tocaron de su parte muchos instrumentos. Todos los de este bando se pusieron al lado izquierdo del tablado, porque al derecho estaban los caballeros deudos de la reina.
Estaban todos aguardando a ver a quién había de nombrar la afligida reina; y visto que desde las ocho de la mañana estaban allí, y que eran ya las dos de la tarde y no había señalado defensores, ni parecía ninguno, estaban todos con grande pena, y no sabían cuál era el pensamiento de la reina, pues tan descuidada estaba en un negocio que no le importaba menos que honra y vida; y no menos pena tenía la reina viendo que era tan tarde y no había venido D. Juan Chacón, en quien, después de Dios, tenía esperanza de su libertad, y no entendía qué causa le hacía faltar a la palabra dada.
Malique Alabez y un Aldoradín, y otros dos caballeros se llegaron al tablado, y dijeron en alta voz:
—Si gusta la reina de que la sirvamos en esta ocasión, dé licencia que la defendamos y lo pondremos por obra.
A lo cual respondió la reina, que ella lo agradecía, y que quería esperar otras dos horas; y que si no viniesen ciertos caballeros que tenía prevenidos, que ella aceptaba la oferta; y así se retiraron a sus puestos.
Pero no pasó media hora cuando se oyó un gran ruido y alboroto, al cual mirando toda la gente vieron entrar por la plaza cinco caballeros muy galanes, los cuatro vestidos a lo turquesco y el otro a lo moro, el cual fue conocido de todos que era Gazul: a los demás tuvieron por extranjeros, y así concurría toda la gente a ver los forasteros.
Los parientes de la reina y los demás caballeros le daban la bienvenida a Gazul, y en particular sus deudos, y le preguntaban todos si conocía aquellos caballeros que con él venían. Y él respondió que no, sino que en la Vega se habían juntado.
Y con aquesto llegaron al cadalso donde estaba la reina Sultana y los jueces, los cuales deseaban saber la causa de su venida; y llegados miraron a la triste reina, y les quebró el corazón verla en tan miserable estado; y mirando toda la plaza vieron el gran palenque, y dentro de él a los acusadores de la reina; y espantados de la mucha gente que había, dijo D. Juan Chacón en turquesco a los jueces si podía hablar a la reina dos palabras. Los jueces dijeron que no le entendían, que hablase en arábigo, y él lo dijo en algarabía; y Muza respondió que sí, que subiesen.
D. Juan subió al tablado, y haciendo su acatamiento a los jueces se fue a la reina, y hecha la reverencia, habló alto que los jueces lo entendieron, diciendo:
—Con la procela del océano, reina y señora, fuimos arribados al mar de España, y desembarcamos en Adra, y venimos con intento de escaramucear con algunos cristianos, y buscándolos en la Vega no encontramos ninguno; y viniendo a ver esta ciudad nos alcanzó en el camino un caballero moro, y nos dio cuenta del desastrado estado de vuestra alteza, y cómo no teníais caballeros nombrados para vuestra defensa, y que no queréis que vuestra causa defiendan moros, sino cristianos. Yo y mis compañeros somos turcos jenízaros, hijos de cristianos, y doliéndonos de vuestra contraria y adversa fortuna, movidos de piedad de vuestra inocencia, venimos a ofrecernos para hacer esta batalla; y si vuestra alteza nos quiere admitir, yo os prometo a ley de caballeros, por mí y en nombre de mis compañeros, que haremos en este negocio todo lo que pudiéremos.